Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Lengua (3)

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Por supuesto, aquí se establece una pregunta: ¿quiénes y cómo deciden la pureza del idioma? Es una pregunta política.

No dudo que haya personas esclarecidas entre los ordenadores del idioma (que, como ya he dicho antes, son necesarios) pero de otra parte sabemos también que, en esa camarilla y corte de gerifaltes, se da el lobbying más infecto, los espaldarazos más ilegítimos, las legitimaciones más deshonrosas y errátiles, todo mediado por el sello imperial del prestigio.

Recíprocamente, a muchos que podrían dar frescura al consenso lingüístico se les prohíbe la entrada al mismo. ¿Qué clase de consenso es ese?

Y sin embargo las palabras no son solo de algunos, son de todos.

Y no solamente de todos, sino de todas, también.

Con lo cual he tocado una fibra asensiblada. Pronto saldrá todo el serotal citando, nuevamente, la santa voz de la Academia. Pero, como yo lo veo, si a mí se me da la regalada decir “todos y todas” para reafirmar mi compromiso de género, eso es muy mi pedo, y no tengo por qué andar pidiéndole permiso a nadie ni rindiendo pleitesía al pacto verbal de los patriarcas.

Aguas: con esto no estoy invitando a convertir el idioma en un instrumento de la corrección política, estableciendo así una nueva rigidez idiomática, una nueva insulsa domesticación. Eso vendría (y ha venido) a empobrecer todos nuestros recursos lingüísticos. Estoy en contra del lenguaje homofóbico, claramente, pero de ninguna manera sacaría la palabra maricón del diccionario. No soy fan del prohibitorum et expurgatorum. Todo está en la intención, en la creatividad y en el contexto.

Aguas, sí, con establecer un nuevo conservadurismo. No es que tenga nada contra conservar. Conservar es necesario. En el fondo (y hacia acá he querido llegar) el enfoque doble parece ser el mejor: conservar y creativizar a un tiempo, bajo el entendido además de que las rupturas del idioma solo son posibles gracias a sus previas cristalizaciones, y las cristalizaciones solo son posibles gracias a sus previas rupturas. En lo personal, y como escritor, me ha interesado llevar a veces las palabras al límite de su sentido, pero me doy cuenta que si doy un paso de más, entonces se vuelven un sinsentido. Por otro lado, cuando me conformo a su sentido de siempre, las palabras ya no transmiten nada.

Hablemos de una zona fronteriza o liminal en donde lo duro y lo aéreo de la lengua se juntan y que esa zona es de hecho la más rica porque facilita saltos lexicográficos integrados. También podemos llamarles consensos líquidos, mismos que se mantienen a una sabia distancia del esencialismo lingüístico como de la casuística idiomática desmañada.

Y sin embargo esta zona liminal no es siempre equilibrada en un sentido inmovilista, en el sentido de una neutralidad inoperante. El cambio tiene que darse dinámicamente. Lo cual demanda ritmo cultural.

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