Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Edvin

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Me encontraba de espaldas a la puerta, en un comedor popular ubicado en la calle del mercado, a media cuadra del parque de S. L. Tolimán. Afuera era todo algarabía, de modo que no lo escuché entrar.

Fue el olor, su olor, el que me anunció que había alguien acercándose. Al voltearme lo vi tal cual, desguachipado, medio enjuto, la mirada tierna, a caballo entre el desconcierto y el asombro, la piel toda con rastros de mugre en las comisuras. Expelía un hedor rancio, nauseabundo, sensible hasta la pituitaria.

Llevaba puesto un casco de motorista, tupido de raspones, que alguna vez fue blanco, al igual que su camisa. Parecía como salido de una película de zombis mutantes: sólo le faltaba una motosierra empuñada en la mano. Escurría un leve hilo de baba por la boca.

 Balbuceó algo ininteligible, luego preguntó mi nombre. “Yo soy Andrés”, le grité torpemente. Desvió la mirada en dirección a la pantalla que colgaba de la pared. Temí que fuera un malandrín adicto, por eso seguí con la vista sus movimientos hasta que dio media vuelta y se fue por donde vino.

Desde pequeño sufre ataques epilépticos. Se ha golpeado la cabeza tantas veces que los daños le tienen orbitando más allá que acá. Por eso el casco. La familia, quejándose de que es muy necio, soltó amarres con él dejándolo a su suerte. Desde entonces vive de la caridad ajena, deambulando errante. Y así entró al comedor.

Recordé entonces mi visita hace años al rebonito Federico Mora. Un doctor ahí comentaba: “En todos los pueblos hay un loco, pero cuando empieza a tirar piedras, nos lo traen para acá”.

Edvin, se llama. Pero todos en el pueblo le llaman Vin.

Foto: bixentro, bajo licencia de Creative Commons.

Foto: bixentro, bajo licencia de Creative Commons.

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