Viernes 19 DE Julio DE 2019
La Columna

La Guatemala derrumbada

Lado b

Fecha de publicación: 02-02-16
Por: Luis Aceituno

Mónica Luengas me regaló hace unos años un cartelón de ‘Terremoto en Guatemala’, una película de Rafael Lanuza. Lo tengo pegado frente a mi escritorio al lado de otras reproducciones de afiches cinematográficos, como los de ‘Jour de Fête’ de Jaques Tati, ‘Las noches de Cabiria’ de Fellini, ‘Vivre sa vie’ de Godard, ‘Sopa de ganso’ de los hermanos Marx… En fin imágenes fetiche que me remitan a ciertas épocas de mi vida.

La película de Lanuza es chistosísima, aunque se anunciara como “un testimonio viviente de la tragedia de un pueblo”. Pero, la pura verdad, el cartel no está pegado en una de las paredes de mi estudio por las cualidades cinematográficas de la cinta, sino porque me remite a un hecho harto significativo en mi vida: el terremoto del 4 de febrero de 1976, del que este próximo jueves se cumplen 40 años.

Yo tenía 16 por aquel entonces, estudiaba magisterio con los hermanos de La Salle, acababa de montar una obra de teatro y trataba de sacarle brillo a mi diamante loco, como rezaba una canción de Pink Floyd, que en la época me tenía alucinado. El terremoto no solo sacudió mi casa, sino también mi existencia. Hubo un antes y un después a partir de aquella fecha. Afortunadamente ni mi familia ni mis amigos ni yo nos contábamos entre las víctimas.

“Llorar por una ciudad” era para mí una frase extrema, propia del cine y la literatura, algo que nunca te ocurre o que pensás que jamás va a ocurrirte. Sin embargo, esa mañana posterior al temblor, sentí una tristeza demasiado profunda al observar La Antigua Guatemala derrumbada y convertida en pedazos. Posiblemente ese día terminó mi infancia, caminando entre los escombros de mucho de lo que había sido importante en mi pasado. Hasta ahí llegaba el mundo en el que había crecido.

Pero no solo se cayó La Antigua, se cayó también el país, esa construcción de adobe y cartón piedra que nos empeñábamos en mantener intacta desde la Revolución de 1871. De repente, la tierra se abría y dejaba al descubierto la podredumbre de las estructuras. Las “contradicciones sociales”, como se decía. En los días y meses que siguieron al 4 de febrero, nos fuimos con la gente del colegio a descombrar pueblos. Conocimos la otra Guatemala, la que el expresidente OPM llamó “profunda”, posiblemente porque creía que se había quedado soterrada desde entonces. Para mí fue la experiencia más significativa e importante de mi adolescencia. Compartir la comida, el trabajo, el sudor, las historias, los humores, las risas con gente que lo había perdido todo o, parafraseando a Carlos Martínez Rivas, que “no perdieron nada, porque nunca tuvieron nada”.

“Crónica de una madrugada irreal” dice el poster del film de Lanuza, como si el terremoto hubiera sido una experiencia paranormal o algo por el estilo. No, el problema era que nos obligaba a ver la realidad tal cual, sin adornos ni retórica, lo que quedaba detrás cuando también se derrumbaban los discursos oficiales. A pesar de todo, era la época en la que aún teníamos la capacidad de alimentar la esperanza. Muchos creímos que era el momento no de reconstruir, si de construir algo diferente, una Guatemala más justa, más libre, más humana. 40 años después, parece que el derrumbe continúa.   

laceituno@elperiodico.com.gt