Martes 18 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Evaristo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Descendiente de una familia de campesinos cakchiqueles analfabetas, llegado a la pubertad Evaristo se rebeló contra la piocha y el azadón. Algo, sin duda, tuvieron que ver las nociones básicas (leer, escribir, sumar, restar, multiplicar, dividir) que aprendió en la escuela junto con otros seis hermanos suyos –liberados también, cada uno a su manera, del cultivo de la tierra como medio único de subsistencia.

Evaristo no fue el primero de la familia en desertar, pero sí el que la ha tenido más clara desde el principio. Adelantándosele, varios parientes cercanos decidieron ir a probar suerte a Estados Unidos. Dos de ellos perdieron la vida en el camino.

Haciendo acopio de algo de dinero que cayó en sus manos vía remesas, sumado ello al préstamo que obtuvo de cierto cacique local (con quien trabajó hace años, aprendiendo oficios domésticos), por fin Evaristo juntó lo necesario para enganchar un tuc-tuc. El resto espera irlo pagando de a pushitos con lo que gane llevando y trayendo pasajeros.

Foto: Angie Harms, bajo licencia de Creative Commons

Foto: Angie Harms, bajo licencia de Creative Commons

Aquí, en San Lucas Tolimán, no les llaman tuc-tucs sino llanamente taxis. Y los hay por montones. Tantos, que a los automovilistas les resultan más que estorbosos: una auténtica plaga. Aparecen, raudos, impertinentes, doblando las esquinas, aprovechando cualquier resquicio para sacar ventaja y meterse por donde apenas caben.

Otros, los más, consideran que son una bendición. En caso de lluvias, premuras, accidentes… ahí están. El mismo Evaristo se siente ungido y orondo al timón de su nave, adornada con calcomanías y luces de colores.

No se fija en lo poco que gana ni en las cuentas por pagar, sino en lo lejos que se encuentra del tipo que pudo (pero no quiso) ser.

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