Martes 18 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Ziggy Stardust de vuelta a las alturas

Lado B

— Luis Aceituno
Más noticias que te pueden interesar

Para muchos The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars resucitó en 1972 el espíritu de la música pop, ese encanto original que todo el mundo daba por muerto. Un álbum signado por un tal David Bowie, extraño como un marciano, inclasificable en su momento. Demasiado blando para los oyentes del rock pesado, demasiado complejo como para ser asimilado por la puerilidad de las listas de éxitos, demasiado pop para la densidad de lo progresivo. En los rankings británicos logró colocarse en el puesto número cinco, pero en Estados Unidos no pasó del 75. En Guatemala, el disco pasó sin pena ni gloria.

Decir que David Bowie estaba adelantado a su tiempo es un lugar común al que todo el mundo recurre cuando se habla de su música. Sin embargo, no se puede negar que hay mucho de cierto en la afirmación. Sus discos abrieron camino, dejaron huella, anunciaron en su momento todo lo que estaba por venir. De lo más oscuro a lo más luminoso. Anduvo con la misma intensidad por el hit parade y por el underground y fue respetado por figuras tan disímiles como Madonna o Robert Fripp.

Detrás de los adornos y de la extravagancia kitch de sus disfraces y arreglos, de los peinados raros, de las derivas discotequeras, de su coqueteo con las drogas duras y con el jet set, se escondía uno de los artistas e intelectuales más solventes que han poblado la escena pop & rock. Un tipo que supo comprender el arte del siglo XX en toda su complejidad. Desde las primeras vanguardias hasta los recovecos de la posmodernidad. Sus propuestas estéticas están amarradas directamente con el surrealismo y el dadaísmo, con el constructivismo ruso y el expresionismo alemán. Reverenció a Kurt Weill y Bertold Brecht, a los que siempre lanzó un guiño de ojo en casi todos sus discos. Sus conciertos de mediados de los años setenta se abrían con la proyección de El perro andaluz de Luis Buñuel. Su canción Rock and roll suicide está inspirada en un poema de Manuel Machado –hermano de Antonio y roommate de Gómez Carrillo en París–. Miembro de la tropa de Lindsay Kemp, llevó las búsquedas del teatro de vanguardia a la escena del rock.

En lo puramente musical, Bowie fue hijo de Little Richard y de Vince Taylor, la cara b de Elvis, el autor de Brand New Cadillac, el primer punk. Cuando el rock and roll y sus intérpretes comenzaron a ser perseguidos por inmorales, Vince no se alistó en el ejército como Elvis, sino que se exilió en París. La disidencia le costó demasiado cara. Cuando Bowie lo encontró, a mediados de los años sesenta, estaba hundido en la pobreza, la droga y el alcohol, decía ser la encarnación de Jesucristo y tener contactos con extraterrestres que le encomendaban misiones de salvación. En él está inspirado el personaje de Ziggy Stardust.

Bowie también se exilió en los años setenta, pero en Berlín. A la búsqueda de Weill, Brecht y el espíritu del cabaret. Desde ahí, inmerso en las sonoridades del krautrock, inició búsquedas musicales extrañas junto a Brian Eno y Robert Fripp y resucitó literalmente a Iggy Pop, como antes lo había hecho con Lou Reed. Le dio padres, referencias y profundidad al punk. No sé si ahí descubrió la música del futuro o que el futuro pasaba por la música, que en ella estaba la salvación.

Etiquetas: