Martes 29 DE Septiembre DE 2020
La Columna

La rutina de la sobremesa

SOBREMESA

Fecha de publicación: 04-01-16
Por: María Elena Schlesinger

Cada día valoro más las sobremesas que viví en la infancia en el Callejón Normal. Siempre puntuales, a la misma hora, cada quien en su sitio con la servilleta enyuquillada sobre las rodillas y el agua servida con cubitos de hielo. Con el tiempo he llegado a comprender lo importante de las buenas rutinas, que afianzan el espíritu.

Aunque sigue siendo una costumbre en casa, de vez en cuando extraño el ritual victoriano de la casa materna a la hora del almuerzo y cena, sin celulares inteligentes ni mensajitos que responder al instante, conversando sobre asuntos tan diversos como la filosofía tomista, características de alguna obra de Shakespeare, o la importancia sumarísima de la productividad. Pero lo que a mí más me gustaba era escuchar con pelos y señales las anécdotas históricas, como cuando llegaron las huestes romanas a Egipto con sus cascos emplumados, el código de leyes bajo el brazo y las bañeras de mármol para la tradición del baño con leche fresca de burra.

Mi padre era quien dirigía aquel ritual como dictador. Él llevaba la batuta de la conversación y daba la palabra. Nunca se habló de cuestiones materiales, de posesiones, brillos u oropeles. Yo desde mi sitial de pequeña benjamina tenía prohibido interrumpir la plática para dar mi opinión. “Tú te callas” me decía con voz tajante mi padre y, yo, como conejo, acurrucaba la cabeza en la silla protectora de mi madre, que con palmaditas me daba a entender que “todo va estar bien, no te preocu-pes”. No me hizo falta psiquiatra para superar la negativa paterna, y, por el contrario, así aprendí a escuchar y luego a escribir sobre todo aquel mundo imaginario que flotaba en mi cabeza de niña.

Con la sopa caldosa llegaban las noticias del día: algún bochinche universitario en contra del Presidente de turno o las implicaciones políticas de la muerte de un guerrillero o el secuestro de un amigo o conocido de la cuadra. A mi parecía que Guatemala siempre estaba en pie de guerra, al borde del cataclismo, entre bombas lacrimógenas cuyo humo invadía la casa, y los estados de sitio que nos impedían salir a la calle después de las siete de la noche. Sin entender qué sucedía, me quedaba con la pregunta en los labios y un nudo en la garganta, porque la consigna era absoluta y tajante: “los niños no hablan en la mesa”.

La carne guisada llegaba ya con pláticas más profundas, sobre las implicaciones de la relatividad en un mundo en donde solo había cabida para un Dios único y verdadero, o el arte nuevo que se estaba dando en Brasilia o las preocu-paciones de mi padre por los arrebatos del papa en el Vaticano, dándole cara vuelta a la Iglesia.

Mi madre hablaba poco, pero ponía sal y pimienta a la conversación con los temas chapines. Así hicieron su entrada triunfal los Chocanitos, hermanos inseparables de la Guatemala de antes, o don Manuel, el temido tirano, quien entres sus exóticos gustos estaba comer merengues tostados y espumosos, elaborados por un cocinero francés llamado Challa, a quien pedía los merengues sin preocuparse de pagar la cuenta.

Durante la sobremesa recibí mis primeras enseñanzas sobre literatura, política y respeto. Me afiancé como miembro de un clan, poblado de historias de locos y santos, de personajes comunes y corrientes con momentos de gloria y tinieblas. En aquel monólogo educado que dirigía mi padre y complementaba mi madre, aprendí el arte de escuchar e imaginar. Ahora, valorizo más que nunca la importancia de conservar la rutina del comidas alrededor de una mesa sazonada con conversación amena, sin que importen tanto si los platos son desechables o las servilletas de tela enyuquillada, porque lo que realmente importa es alimentarnos en todo el sentido de la palabra.