Martes 17 DE Septiembre DE 2019
La Columna

La fiesta impuesta

lucha libre

Fecha de publicación: 23-12-15
Por: Lucía Escobar

Tengo una relación complicada con la Navidad. En realidad con casi todas las tradiciones impuestas. De pequeña amaba La Nochebuena por los regalos, la comida, el desvelo y la familia. Pero muy pronto descubrí que nada cambiaba realmente esos días y que todo era una puesta en escena perfecta para la foto.

En una ocasión a mis padres les dio por rescatar a una niña de un orfanato. No sé si eso aún se puede hacer. Desconozco cuál era la intención real de mis papás de llevar a casa a una huérfana para que viviera por un solo día en una familia “feliz”. A esa niña le compramos un regalo, imagino que sería un regalo de categoría C como el que le dábamos a la empleada (sí, a la misma que nos recogía la mugre todo el año). Intenté acercarme y platicar con ella. Casi no le saqué palabras. No recuerdo su nombre. Pensé que le habían comido la lengua los ratones. Imagino que no se sentía cómoda. Tal vez ni siquiera hablaba español. Mis hermanas y yo escondimos varios de nuestros regalos para abrirlos después ya que la niña solo tenía uno, contra los cinco o seis regalos que recibíamos nosotras, las principales. No imagino qué habrá sentido esa pequeña, adoptada por un solo día, de regresar luego al infierno del orfanato público. Aunque crecer en una familia convencional también puede ser como vivir en un pequeño infierno. Todo lo bueno y lo malo del mundo entre cuatro paredes. La represión de los valores (barrotes) familiares.

A medida que fui creciendo los regalos fueron menguando y con eso, la magia de la Navidad se fue diluyendo. Todo se arruinó cuando dejé de recibir juguetes y comencé a recibir ropa.

Hubo un tiempo en que logré escaparme de las fiestas, huía a la playa con mis amigos y con el Juanmi. También me dio por explorar nuevas tradiciones como las fiestas del solsticio de invierno en Chichicastenango con el increíble Palo Volador que tiene raíces prehispánicas con un toque colonial; el sincretismo en su máxima expresión. Me siento más cercana al Palo Volador que a la estúpida pista de nieve artificial de Arzú o al árbol cervecero. Entiendo que las tradiciones están vivas, se mueven se alimentan y se transforman pero de eso, a fomentar la nieve en el trópico hay mucha tontera de por medio. Es como hacer chiste del cambio climático.

De estas fiestas, sin duda rescato la importancia de estar con la gente que quiero, a buscar la manera de reunirme con la familia natural o escogida. Por eso, en estos días las ausencias o nostalgias del pasado se sienten más. Y los que se fueron o están lejos hacen mucha falta.

Sé que no puedo escapar de la Navidad pero intentaré reinterpretarla. Verla como la celebración de un nacimiento, de algo nuevo.

Y además, puedo comer muchos tamales y chocolates, ponche y vino, nueces y pavo. Puedo ver cómo les brillan los ojos a mis hijos ante la idea de los regalos. Puedo regalar cosas bonitas y sencillas.

Puedo abrazar a mis padres una noche más. Eso es suficiente para celebrar.