Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El castillo II

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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El pequeño L pasaba el día feliz, fantaseando, subiendo por la escalera retorcida de la entrada del castillo para llegar a la torre más alta a contemplar cómo pastaban los caballos en los llanitos de Gerona, o por la escalerilla mínima de piedra del segundo patio, la que conducía a una azotea repleta de luz en donde la lavandera colgaba por las mañanas las sábanas y sobrefundas blanqueadas con azulillo, que hinchadas por los airecitos de diciembre eran las velas de los navíos, así como el volcán de Agua que se perfilaba azul al poniente era un Palacio de Constantinopla. Las cañas de tender funcionaban como arcabuces y la estatua de Santo Domingo rematando la cúspide de la iglesia dominica, uno de los corsarios africanos que llegaron a las playas de Trujillo. El pequeño L ponía el ojo en el vacío de la caña de tender para apuntar con precisión al santo, directito en la cabeza, y cuando creía que el pepitazo sería certero, tiraba disparando balas de mentira, haciendo volar en estampida a las palomas que habitaban los campanarios, convirtiendo al enemigo en polvo.

“Baje ya” le gritaba la nana Chus, y el pequeño L continuaba espadando contra los piratas y filibusteros, imaginando el día feliz en que su abuela le permitiera de nuevo poblar el primer patio con sus canarios cantores, permitir a su madre vestir de blanco o de suave amarillo pollito, y, nuevamente, armar para las fiestas el nacimiento, para que el día de Navidad el Niño Jesús le dejara un regalito cerca del pesebre, junto al buey y la mula.

“Baje ya, pequeño” le insistía Chus al niño, venga a ver cómo desplumamos al chompipe de Navidad. Solo entonces, L guardaba su caña en el cinto y bajaba dos graditas, para mirar desde su atalaya de piedra, tapándose la vista con el enrejado de los dedos, cómo Chus y Agustina con la paleta de los tamales en mano correteaban al ave de moco colorado y uñas filosas hasta alcanzarlo ya turulato, por el octavo de licor que le habían empinado.

Fue precisamente antes del almuerzo, mientras Chus terminaba de llenar los vasos con agua helada, cuando el pequeño L se atrevió a preguntarle a su abuela si ahora sí podrían armar el nacimiento. “No”, respondió tajante el general en jefe de la tropa. Y luego de un momento de silencio, para reponerse de la impertinencia del niño, la abuela tragó saliva y dijo callado, mostrando sus dientecitos de jabalí, “¿pero es que no te recuerdas que estamos de luto?”. Lo que al pequeño L le supo a pellizco retorcido en el brazo izquierdo, a la vez que la abuela ordenaba a todos sentarse inmediatamente en sus sitios y hacía a Chus una seña con el dedo para que trajera de inmediato la sopa cremosa de coliflor.

Nadie dijo nada ni replicó la orden, menos el pequeño L, quien se limpiaba con la mano una lagrimita que le recorría el cachete derecho, a la vez que trataba de meterse a la boca la cucharota de sopa hirviente con tufito a coliflor. “Usted no se preocupe”, le dijo Chus en quedito en el oído cuando le retiraba el sopero vacío. “Ya verá el nacimiento que armamos allá adentro en la cocina”, aprovechando el momento en que Memé tocaba su campanita de acólito para que de inmediato le trajeran el siguiente plato del almuerzo, finas lonjas encebolladas de hígado de vaca sazonada con picadillo de perejil.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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