Lunes 19 DE Agosto DE 2019
La Columna

Hablemos Esperanto

buscando a syd

Fecha de publicación: 17-12-15
Por: Maurice Echeverría

Voy caminando rumbo al Esperanto –el Espe, como le dicen los mamones– que es mi bar y el bar de mi barrio. A esta hora, las calles están vacías, y no son ya ese manglar de carros y motos de hace unas horas, esa cosa tipo Madrás, en donde todo el mundo le saca a todo el mundo la madre.

He llegado, y en la banqueta ya me recibe el grupito de conocidos que fuman y refuman. Luego de intercambiar bromas con estos y con aquellos, entro al bar propiamente. Saludo a un viejo amigo, entre la alegre penumbra, que come muchos nachos, bebe muchas micheladas, legendarias del lugar.

No es una larga marcha hasta la barra iluminada, donde pido a Víctor –tata del sitio– algo de tomar, sin alcohol. Víctor, y su mano derecha, el sonriente Lester, siempre me tratan con cariño.

Mientras Víctor confecciona mi bebida no alcohólica insisto en observar las paredes, decoradas con las mismas fotos y posters de hace tantos años. Y sin embargo no es que Esperanto pueda ser calificado como un bar del pasado, porque siempre se está llenando de nuevas caras y vibraciones. Jamás podría ir a un bar por nostalgia. Soy la persona menos nostálgica de este mundo.

De otra parte, es cierto que Esperanto tiene cosas que se repiten: rolas, rostros, lealtades, representada por un racimo serial de personas que son los de siempre. Ellos–ellas aman Esperanto. Hasta sirven tragos, detrás de la barra. De igual manera, son a menudo los mismos clientes los que ponen la música, lo cual es ya todo un detalle.

A la par de los de siempre (podría mencionarlos, pero ya todos sabemos quiénes son) están esos otros que fluctúan, y que sin embargo, a su modo, también han estado allí toda la vida.

Hoy es martes de jazz, y el bar está un poco más lleno de lo que me gustaría. No importa.

Estos jazzistas han encontrado aquí una auténtica casa, se inclinan hacia escalas arquitecturadas y fractalizantes, con feeling y entrega. Otro día serán los genios de Dr. Tripass. O Primocaster. O el Leke o Dub Selector poniendo el sonido. La música siempre destaca en Esperanto, no es esa mierda auditiva que ponen en otros lugares nocturnos, herederos del peor gusto.

Yo no es que salga tampoco mucho, pero de salir, salgo a La Erre, o salgo a Esperanto. Yo, que no socializo, socializo en Esperanto. También es uno de los pocos bares en donde uno, siendo abstemio, no se siente incómodo entre bebedores, y no es presionado a beber, ni por los que allí trabajan ni por los que allí consumen. Tampoco hay beodos insoportables, descalabrados, grasientos, testosterónicos, transilvánicos, lábiles, junkies o malacopas.

Dicho esto, es seguro y será cierto que mañana algunos de los circunstantes se levantarán de goma, y les costará ir a trabajar. “El trabajo es la maldición de las clases bebedoras”, ha dicho Oscar Wilde.

Viene más gente, y ya un poco ahogado de socialización, me despido sumariamente, y procedo a reingresar a la calles vacías de la ciudad, que mañana por la mañana se llenarán de comanches.