Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Susana

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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Después de varias cervezas en un bar, mi amiga M y yo caemos en cuenta de que no hemos comido nada desde el desayuno y decidimos, un poco a destiempo, salir a tragar alguito. Son las 3 de un viernes cálido y brumoso.

Vamos entonces, a pata, al Pinulito que está a cuadra y media de ahí, como un intruso en el corazón de la Zona Viva. Hago cola y pido para ambos un par de pechugas picantes. De reojo me fijo en el letrero colgado en la pared. Me sorprende constatar que están a diez, no a nueve quetzales. “Ya les subieron”, protesto.

Doy la vuelta buscando un lugar donde sentarnos y sólo entonces –¡saz!– reparo en la mirada láser, centelleante, de una chava apostada en la esquina del local. Le sonrío para corresponder, camina hacia nosotros y de inmediato empezamos a charlar los tres. Su nombre es Susana.

Tiene 16 años y va acompañada de una hermana suya, Elizabeth, de 17, tal vez no más seria pero sí ligeramente menos risueña. “En otros lados cuesta nueve la pechuga. Depende del alquiler”, corrige.

Viven de lo que ganan ahí mismo, ofreciendo tortillas a los clientes. Con eso alimentan a otros seis hermanos y le echan el hombro a la madre, que vende también, en otro sitio, y con quien se pasan hasta bien entrada la mañana frente al comal antes de salir a la calle.

Me cuenta que la jornada termina a las siete de la noche, después de lo cual les esperan todavía dos horas y media de buses y trasbordos para llegar al barranco donde está su covacha. ¿Estudios? Ni hablar. Pero Susana tiene la astucia de quien no requiere mayor preparación para abrirse una brecha propia, y esa avidez, propia de la edad, de querer comerse el mundo entero de un solo mordisco.

Habrá, eso sí, que cruzar los dedos para que un tiburón vejatorio no se la meriende antes a ella.

lacajaboba@gmail.com

Foto: Keneth Cruz, bajo licencia de Creative Commons.

Foto: Keneth Cruz, bajo licencia de Creative Commons.

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