Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Un adiós a Leonardo Franco

Lado b

— Luis Aceituno
Más noticias que te pueden interesar

La guitarra de Leonardo Franco fue la responsable de memorables riffs y arpegios que le dieron a Los Iracundos un lugar privilegiado entre las garage band latinoamericanas de los años sesenta. Ese sonido puro, directo, sin filtros que revertía con intensidad la precariedad de las grabaciones fabricadas en este lado del mundo. Los primeros discos de este emblemático grupo uruguayo son hoy perlas codiciadas por coleccionistas y enterados de la primera ola salvaje del rock hecho en América Latina. Miguel Wirtis, ese bloguero argentino e iluminado, que recupera desde su sitio Garage Latino todo tipo de sonidos extraños, los considera unos de los grandes pioneros. Julio Hernández, el cineasta guatemalteco, retoma la versión que la banda hiciera de Sunny de Bobby Hebb para acompañar la deriva de dos skaters atormentados en su más reciente filme Te prometo anarquía.

Los Iracundos son posiblemente la banda uruguaya con más trayectoria internacional. Surgen en un momento excepcional para la música popular de ese país del sur, al lado de grupos en verdad extraordinarios como Los Mockers o Los Shakers de los hermanos Fattoruso, que los irlandeses llegaron a comparar con The Beatles. Le dieron un giro particular a la música beat, el candombe-beat, que llegó a alcanzar su esplendor con nombres como Rubén Rada.

De acuerdo, Los Iracundos no pregonaban el sonido feroz de Los Saicos de Perú, por ejemplo, pero tuvieron lo suyo. Dentro de sus derivaciones pop melódicas guardaron siempre momentos de pureza. En sus inicios fueron algo así como nuestros Beach Boys. Canciones amables que le pusieron sonido a tránsitos adolescentes que deambulaban entre el autoritarismo y el deseo de días más libres y mejores.

Más allá de la muerte en nuestro país de Leonardo Franco la semana pasada, la relación de Los Iracundos con Guatemala siempre ha sido especialmente estrecha. Su primer larga duración de 1964 abre con la versión que el grupo hiciera de La Gallinita Twist o La Gallinita Josefina de Víctor Manuel Porras, una clásica de nuestro cancionero pop nacional. Luego sus temas de la década de los setenta son parte imprescindible de la memoria sentimental criolla.

Tengo muchos recuerdos propios ligados a las canciones de Los Iracundos: tardes enteras pegados con mis amigos a la rockola del restaurante Contreras en La Antigua, enamoramientos de noches de viernes, fiestas de sábado, repasos. El más significativo es una noche de karaoke en el Café Sol de Chicago a principios de este siglo, en donde me vi rodeado de guatemaltecos que intentaban aliviar la nostalgia de la patria con canciones como Chiquilina, Sábado triste, Sálvame los días… Por supuesto, yo también fui de los que cantaron Te lo pido de rodillas en alguna fogata en el mar o el Cerro de la Cruz.

Podemos construir una historia personal a través de las canciones, no solamente aquellas que golpearon nuestra sensibilidad por su compleja elaboración artística o su contenido social o poético. También están las otras, las que no pretendían más que acompañarnos una tarde de aburrimiento o mientras esperábamos a alguien en un café o durante un recorrido en camioneta urbana. Las que se nos colaban en el oído y en la memoria sin saber cómo. Aquellas que nos encontrábamos en la calle.

Etiquetas: