Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
La Columna

La excusa del tiempo y del lugar

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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Las novelas muestran posibilidades de vida que suscitan interés en la medida que asombran, porque descubren lo que estaba ante nuestra vista sin percatarnos, o conmueven.   Y como se trata de vida hay personajes y acción, lo que implica más que movimiento, porque existe voluntad e intencionalidad. Los protagonistas son reales cuando lo escrito se ilumina en la conciencia del lector. El autor crea las bases con las palabras, pero la vida se sucede en la lectura, cuando el universo se expande.   

Ahora bien, toda vida está en movimiento, y por lo tanto hay temporalidad. Las novelas deben aterrizarse en una época y en un sitio. La referencia básica es el territorio del pasado. A medida que leo, algo está sucediendo.    Luego las coordenadas del tiempo se rompen. Igual es hablar de la Roma de los emperadores o de los años de Cervantes, o de un suceso que ocurrió ayer o en el futuro. Y da lo mismo si hablamos de diligencias o carros, de mandaderos con un papelito escrito o del teléfono celular, porque estamos siempre hablando de medios de transporte o de comunicación. Lo importante no es la apariencia superficial, sino lo que sucede; el horror, por ejemplo, de la “querella” que trajo infinitos males y muerte a los griegos, y separó al rey de los hombres del “divino Aquiles” en La Ilíada, cumpliéndose así los designios trágicos. O la angustia de K. en El Castillo de Kafka, porque está preso de la burocracia, esperando órdenes y pidiendo permisos que nunca llegan de los poderes invisibles que lo determinan.

Y la narrativa también exige una determinación física.  Lo más común es que los autores acudan a la referencia del mundo que los rodea, o que se trasplanten a otros horizontes o se los inventen. Leonardo Padura, por ejemplo, se aventura en en todo el mundo, como en su novela El hombre que amaba a los perros, y, sin embargo, no hay ambiente mejor logrado y vívido en toda su narrativa que el de Cuba, que quizá es una isla diferente a la que conocen sus habitantes pero que todos imaginamos atractiva y extrovertida. La Habana de Padura es cálida y fascinante, real o ficticia. O La Antigua de Luis Cardoza y Aragón, ciudad sagrada de la infancia que dejó siendo chico en busca de las luces de la Vía Láctea, pero de la que no pudo apartarse en la ficción.

mendezvides@itelgua.com

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