Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Cipriano

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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Víctor Cipriano vende shucos desde que llegó a la capital proveniente de una aldea de Chichicastenango, huyendo de eso que algunos llaman, sin más, guerra mientras que otros prefieren ornamentar eufemísticamente denominándolo conflicto armado interno.

“Cuando vine a la ciudad vendíamos el hot dog a quince centavos”, recuerda en alusión a aquellos tormentosos tiempos no del todo idos aún. “Éramos siete hermanos. El mayor tenía 13 años, yo tenía 9, la más pequeña tenía seis meses”.

Nos conocimos en el 2013, cuando me fijé en el local que renta por el barrio de la Villa. Eran como las dos de la tarde y al pasar por ahí las tripas me mordieron como diciendo yo quiero, tengo hambre. Así que entré.

Al chilazo hojeé el Nuestro Diario que vi sobre una de las mesas y luego nos pusimos a charlar.

Josué Goge, bajo licencia de Creative Commons

Josué Goge, bajo licencia de Creative Commons

Quedó huérfano por la guerrilla y ese trauma –dice– lo persigue hasta el día de hoy. “Todavía tengo pesadillas. Veo niños descuartizados”, comenta mientras rebana una salchicha y esparce el guacamol y el picado de repollo sobre el pan ya bien doradito. “Cada vez que escucho cuetes me levanto de un brinco, todo asustado”.

Relata que a su papá le cortaron las manos por no pagar extorsión. Y admite, dolorido: “Lo recuerdo como si hubiera sido la semana pasada”.

“Entonces estabas del lado del Ejército”, le suelto a modo de tanteo prematuro. Responde: “¡Ay dios!, el Ejército fue peor. Esos, sin avisar y a plena luz del día pam, pam, pam”. Al rato cambia de tema y me ofrece la especialidad de la casa, el Transmetro, un panote de cuarenta centímetros de largo con tiras de bistec, chorizo, tocino y longaniza.

Declino amablemente. No puedo más.

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