Domingo 24 DE Marzo DE 2019
La Columna

Menu de cena tradicional

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Nada más común entre los parroquianos de este valle de la Virgen que el menú clásico de cena consistente en un par de huevos preparados al gusto aderezados con chirmol, frijoles negros, platanitos fritos rociados de azúcar crocante, pan francés y, en el mejor de los casos y de las situaciones, crema fresca, y una rodaja generosa de queso de capas o de leche, el cual conservaba el gusto y frescor de la hoja en la cual venía envuelto.

Muchas familias y personas siguen degustando esta tradicional cena-desayuno, la cual se instaló en nuestra mesa no solo por cuestiones de economía, sino de practicidad, pues para la hacedora de alimentos un almuerzo muy elaborado con diversas viandas, sopas caldosas, verduras, carne y hasta postre, era justo una cena relajada fácil de cumplir. Menú que con el tiempo se convirtió en el tradicional y preferido de muchos, al punto que los restaurantes de comida rápida lo han implementado entre sus opciones de oferta.

No hace mucho tiempo, cuando el reloj de todas las iglesias marcaba las seis de la tarde, en las casas de la ciudad comenzaba el ritual de la cena. Soplador en mano, se avivaban las ascuas de poyos de la cocina o se encendían los mecheros para iniciar las andanzas de la preparación de la cena: la olla de barro o de peltre con los frijoles muchas veces recocidos en su caldo; la jarilla de peltre con el agua para el café hervido, siempre ralo y muy dulce; la cazuela lista para los huevos; la ollita desportillada con el cocimiento de los chiles y los tomates del chirmol y el sartén con las frituras de plátano, el más dulce de los aromas.

El menú no era nada muy complicado, pero todo bien condimentado, justo para suplir el hambre de una plebe que se reunía siempre alrededor de la mesa no solo para comer sino para compartir en familia las alegrías, astucias e ingenios del día.  Arropados por los aromas del café caliente, el dulzor de los plátanos y las tortillas tostadas, y de un menú, que a fuerza de repetirse todas las noches, excepto el sábado de tamales, se convirtió en identitario, querido y tradicional, cimentado en tiempos no tan remotos, en una Guatemala en donde no existía aún la comida rápida, ni la pizza o hamburguesas a domicilio.

Eran tiempos en los que se cenaba  en familia, en los que las noticias llegaban al día siguiente con el periódico de la mañana y en los que la música de fondo era siempre alguna melodía de marimba.

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