Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Tarjetitas funerarias

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Una de las costumbres funerarias que ha ido perdiendo vigencia en Guatemala es la de imprimir tarjetas o viñetas funerarias para un ser querido recientemente fallecido. Son tarjetitas impresas con motivos religiosos funerarios: Jesús orando en el Monte de Getsemaní o la Virgen Dolorosa con el corazón atravesando por la daga en señal de pena y desconsuelo. Eran por lo general , bellos grabados en blanco y negro para acentuar de la nota de duelo y dolor.

Estos singulares recordatorios o invitaciones a participar en las honras fúnebres eran enviadas a las casas de los familiares y amigos con propio y nuestros abuelos solían coleccionarlas como reliquias, no solo por sus bellas ilustraciones de estilo clásico, sino como un inventario amoroso de los seres queridos ya fallecidos. Al respecto, recuerdo que mi madre las guardaba dentro de su misal para saber exactamente la fecha del deceso de los suyos y llevar el conteo de cuántos se le habían adelantado en la carrera de relevos que era para ella la vida.

Durante más de 60 años, la tipografía Sánchez y de Guissees fue quien importó de Europa estas bellas viñetas, inclusive las de Primera Comunión y bautizo, ilustraciones religiosas que sirvieron de referencia para la elaboración de altares religiosos, procesiones, instalaciones y huertos cuaresmales religiosas por su diseño candoroso, siempre habitado de ángeles y flores.

Cuando las mariposas negras empezaban a posarse en los zaguanes de las casas de los parientes del enfermo agonizando, o el enfermo comenzaba a hablar con sus espíritus, una persona de la familia o un escribiente, transcribía con la pluma fuente sobre papel blanco todas las palabras que con esfuerzo pronunciaba el cuerpo fatigado del enfermo, tendido en el lecho, previendo que tal oración pudiera ser la última antes del adiós definitivo. Luego venía el estallido de lágrimas, las flores blancas, el luto rígido y los crespones negros en el portón y ventanas. A los nueve días o en la fecha del aniversario del hecho luctuoso, circulaban las tarjetitas con la última frase del ser querido antes de marcharse, como la que tengo entre mis manos, la de Dolores Quiñónez de Wyld, mi bisabuela, fallecida en 1893, quien dijo entre suspiros: “No lloréis; dad gracias a Dios”.

¡Feliz y bendito fiambre!

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