Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Las esquelas

Ayer

— María Elena Schlesinger
Más noticias que te pueden interesar

Una de las costumbres funerarias vigentes en Guatemala urbana y criolla hasta mediados del siglo pasado fue la costumbre de enviar, con propio y a título personal, las llamadas esquelas o tarjetas de fúnebres en la cual se anunciaba el fallecimiento de una persona.

Eran misivas de tamaño media carta, impresas en cartulina o papel grueso, con enmarcado en negro, en donde la familia de occiso participaba el trágico suceso, invitando a la vez a acompañar el duelo en los lugares y horas indicadas.

Los funerales de entonces eran acontecimientos sociales muy importantes para una ciudad pequeña como lo era Guatemala de finales del siglo XIX. Era un largo ritual en el que no cabía la prisa, ni siquiera para enterrar al difunto. Sino al contario, la familia deseaba quedarse junto a su ser querido el mayor tiempo posible, y contar con el tiempo suficiente para cumplir con todos los preceptos estimados para estas ocasiones.

Dos toquidos fuertes y sordos en el portón de madera de las casas y el sonido que provocaba el deslizarse de la esquela por debajo de la puerta era el anuncio implacable de que alguien había fallecido, en tiempos en que no existía ni la radio, los teléfonos eran contadísimos y los periódicos debían de imprimirse con mucha antelación.

Además de las esquelas era costumbre el tomar la foto mortuoria. Para eso se engalanaba al occiso con sus mejores galas, se le peinaba su cabello o barba, si era el caso y se lo almohadillaba en su cama para que pareciera que estaba en el más dulce de los sueños. No faltaban el rosario de plata, el escapulario de la Virgen del Carmen y la medalla de Jesús. Listo y dispuesto, llegaba entonces el fotógrafo con su caja fotográfica y las luces fulgurantes para captar la que sería su última instantánea por su paso por la vida.

En la esquela se puntualizaba el lugar del funeral, el cual, por lo general, era en la casa del fallecido. Allí se llevaba a cabo la llamada velación, duraba un día con su noche.

Después de las honras fúnebres domésticas, encender una veladora encima del ataúd junto al vaso de ánimas o vaso con agua por si el espíritu del difunto regresara y tuviera sed, la esquela apuntaba el lugar y la hora de la misa de cuerpo presente. Solo los hombres asistían al cementerio. El difunto llegaba en carroza fúnebre o en hombros por la llamada Calle del Cementerio.

Etiquetas: