Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

El niño dormido

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Cuando los padres dominicos llegaron a estas tierras trajeron consigo las devociones del rezo del rosario, las que en pleno siglo XVI cobraron gran relevancia y consideración entre los creyentes católicos, quienes encontraron en el rezo del rosario un consuelo para sus penas y sus faltas.

Ya para entonces, las devociones del rosario se comenzaron a propagar en Guatemala, por lo cual los dominicos pensaron que los fieles de Santiago de los Caballeros merecían poseer una imagen digna de aquel caudal de fe, por lo que iniciaron los preparativos para encargar a los mejores artistas y artesanos de la época, la más bella, la más dulce, la más cándida, la más fervorosa de las imágenes de la Virgen del Rosario, para honrar a sus habitantes y a su culto,

Según el historiador Miguel Álvarez, cronista de la cuidad, la bellísma imagen de la Virgen del Rosario fue obra de Nicolás Almeina, Lorenzo de Medina y Pedro de Bozaralla, y que la misma fue fundida en plata pura y con encarnado de albayalde, en el año de 1580 en el pueblo de Chiantla.

Según contaban las viejitas rezadoras de mantón negro y enaguas enyuquilladas de vuelos de tira bordada de la iglesia de Santo Domingo, cuando la Virgen del Rosario salió de Chiantla rumbo a la capital de Santiago, el Niño Jesús iba despierto, encantado de la vida, en los brazos de su madre, viendo los pájaros cantores, los pinos, montañas, volcanes y el paisaje verde y limpio de Guatemala.

Sin embargo, poco tiempo antes de llegar al puente del Matasano, en la entrada de Santiago, el Niño Jesús cayó dormido de cansancio, tranquilito, en el más dulce y pacífico de los sueños, tal como lo podemos ver actualmente, señal ineludible, según indicaron los sabios de antes, que el Niño Jesús deseaba quedarse para siempre con nosotros en Guatemala.

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