Viernes 19 DE Abril DE 2019
La Columna

#leer

Lado B

— Luis Aceituno

Supongo que siempre me faltarán las palabras precisas para expresar mi agradecimiento a don Daniel Armas, la profunda deuda que tengo con él y con ese libro que, en toda su sencillez, me enseñó a descifrar el mundo. O mejor dicho, me regaló la herramienta con la cual he intentado comprender desde siempre la complejidad del mundo, de los seres humanos, de la vida misma.

 

Sí, pertenezco a esa especie, privilegiada y en vías de extinción, que aprendió a leer con Barbuchín, ese libro de cuentos, fábulas, historias, magníficamente ilustrado por don Enrique de León Cabrera, que despertó en mí la fascinación por la letra escrita. Digo fascinación y no obligación ni deber ni aplicación ni diligencia. La gran enseñanza de don Daniel, para mí, fue el absoluto placer de la lectura, esa plenitud por la que Marcel Proust echó a perder su vida.

 

De acuerdo, Barbuchín no es A la búsqueda del tiempo perdido ni Madame Bovary ni Hombres de maíz, pero tiene su encanto. Dentro de su humildad didáctica, te conduce a lo esencial, a ese gusto primigenio por las historias bien contadas. Bien escritas, en su caso. Pocos autores, como don Daniel, pueden atribuirse con toda propiedad el mérito de haber convertido analfabetas en lectores viciosos e irredentos.

 

Y bueno, toda esta apología de don Daniel, la escribo a propósito de la Feria del Libro (Filgua 2015), que se inaugura este jueves en el Parque de la Industria. No los estoy incitando a que regresen a leer Barbuchín, pero sí a que vayan y descubran una serie de placeres, entre ellos los que proporciona el conocimiento, esa capacidad de poder descifrar la realidad, la vida, el mundo.

 

>laceituno@elperiodico.com.gt

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