Viernes 22 DE Noviembre DE 2019
La Columna

De la vida cotidiana

Ayer

Fecha de publicación: 11-07-15
Por: María Elena Schlesinger

En lo que se refiere a las diversiones y al entretenimiento, la vida cotidiana de nuestros antepasados comenzó a trasformarse a finales del siglo XIX con el desarrollo urbanístico de la ciudad dirigida por el presidente Reina Barrios. Con la creación del nuevo boulevard que conduciría al gran parque de la Reforma, un pulmón verde de bosques en donde hoy es el zoológico y sus alrededores, los parroquianos de entonces gozaron de un nuevo sitio para sus paseos dominicales y de tarde.

 

El Paseo 30 de junio, luego llamado De la Reforma, y la Avenida del Hipódromo fueron los preferidos por los paseantes de la época, quienes disfrutaban de las caminatas y del ambiente campestres en estas alamedas de sabor parisino, nuevos puntos de encuentro para la socialización, diferentes a la iglesia o la plaza.

 

Al final del Paseo de la Reforma los paseantes podían entrar al el Museo de la Reforma, un bello edificio de piedra y mármol, estilo renacimiento italiano con dos escalinatas al frente, con una colección de objetos relacionados con las ciencias naturales, tan de moda en todo el mundo victoriano de entonces.

 

El hoy Paseo de la Reforma era el preferido por los enamorados, no precisamente por su belleza natural, sino por lo solitario, refugio perfecto para las parejas que lograban huir de los chaperones. A la Reforma se podía llegar en carruaje o en trencito Decauville, movido por carbón.

 

No se acostumbraba a comer fuera en restaurantes y los había muy pocos y se les conocía con el nombre de cantinas y no necesariamente porque en ellos únicamente se sirvieran licores. Uno de los más famosos fue la llamada Cantina de Hillerman, de don Enrique Hillermann, ubicado en el Guarda Viejo. A esta cantina se podía llegar caminando como lo hacía mi abuela, en carruaje o bien en el trencito de Decauville, el cual iniciaba su recorrido en la iglesia del Calvario. Esta ruta comenzó a funcionar el 5 de enero de 1900.

 

Había también un pequeño zoológico de animales tropicales, contiguo al restaurando, siendo el más notable de sus inquilinos un mico furioso que se mantenía encadenado, dando piruetas entre los árboles del jardín. Mico que una tarde de domingo enrolló su cola en el cuello de mi tía Lucita, tan fuerte, que poco le faltó para provocarle la muerte.

 

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