Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Inversión

Cuando los impuestos progresivos no son la mejor solución

DEBATING POLITICS, ECONOMICS AND OTHER TIMELY TOPICS WITH PAUL KRUGMAN OF THE NEW YORK TIMES

Fecha de publicación: 02-05-16
Por: Paul krugman
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Bernie Sanders y Hillary Clinton, los candidatos presidenciales demócratas, están discutiendo sobre el impuesto a las bebidas endulzadas. Clinton está a favor, como forma de recaudar dinero para programas buenos como el prejardín de infantes universal, y como forma de desalentar comportamiento auto destructivo. Sanders se opone, porque son impuestos regresivos que apuntan a los pobres.

No me hago ilusiones de que los argumentos racionales vayan a marcar mucha diferencia en el corto plazo. Estamos en la etapa de la contienda electoral donde todo lo que Clinton apoya es malo ipso facto. Es como ese punto en 2008 cuando los partidarios de Barack Obama odiaban el mandato individual que, con el tiempo, se convirtió (como debería) en parte central de la Ley de Servicio Médico Accesible.

Independientemente de eso, parece que vale la pena señalar que la progresividad de los impuestos no es su característica más importante, incluso cuando la preocupación sea la desigualdad. Notablemente, los países nórdicos (incluyendo Dinamarca, que Sanders ha elogiado como modelo) dependen fuertemente de impuestos al valor agregado, que son impuestos regresivos, pero estas naciones usan ese ingreso para costear una red de seguridad social fuerte, lo que ultimadamente es mucho más importante.

Si sumamos la realidad de que el consumo abundante de bebidas endulzadas realmente es destructivo, con las consecuencias cayendo principalmente en niños de bajos ingresos, diría que Sanders en este caso está en el lado incorrecto.

De hecho, dudo que estuviera mencionando este tema si no tuviera la esperanza de lograr cierto tipo de milagro político.

“Sarandonizando” la economía

Las elecciones primarias demócratas esencialmente se han acabado, aunque la campaña de Sanders sigue recaudando dinero de partidarios ingenuos afirmando que tiene una verdadera posibilidad de ganar. Sin embargo, las controversias seguirán viviendo, al menos durante cierto tiempo.

Entre estas controversias, el debate sobre el análisis económico probablemente figura muy abajo en la lista de importancia, pero obviamente es algo que me importa. Recientemente vi que el bloguero ProGrowthLiberal se quejaba del intento más reciente del economista Gerald Friedman por defender sus estimaciones de crecimiento con el programa económico Sanders (lea aquí la publicación: bit.ly/26oOlwW).

La historia, para aquellos que no han estado prestando atención, es que Friedman generó grandes números que resultaban difíciles de entender tanto por el lado de la demanda como de la oferta. Inicialmente, no afirmó estar haciendo algo especialmente nuevo (al contrario, sus defensores y él afirmaron haber practicado economía keynesiana estándar), aparentemente sin saber que no era así. Solo después de que se señaló esto, declararon que el análisis estándar se equivocaba, y que economistas keynesianos como Christina Romer y su esposo, David Romer, realmente eran de corte neoclásico.

Para los que participamos de los debates recientes sobre la austeridad, todo esto fue bastante increíble y desalentador. ¿Se acuerdan en 2009 cuando el economista Robert Lucas acusó a Romer de producir corruptamente “economía de baja calidad” para justificar el gasto del Gobierno? ¿Se acuerdan de la larga pelea contra la doctrina de la austeridad expansiva? Hubo una enorme división entre los keynesianos y los antikeynesianos, donde gente como los Romer enfrentó un torrente de abusos de la derecha. Y ha habido una enorme reivindicación intelectual, con tasas de interés, inflación y producción mucho más parecidos a los pronósticos keynesianos que lo que predecía la derecha.

Pero ahora, cualquier escepticismo sobre la afirmación de que no hay ninguna restricción del lado de la oferta que impida que la economía de Estados Unidos crezca 4.5 por ciento durante la próxima década es equiparable a los heraldos de la inflación y la deuda de la derecha.

La forma de verlo es como el equivalente “nerd- económico” del desdén de Susan Sarandon hacia Clinton al considerarla “la mejor republicana que hay”; en otras palabras, cualquiera que te diga que no se puede tener todo en la vida, en economía o en política, es malo e inútil.

¿Esta actitud persistirá conforme entremos a una elección donde la opción sea entre Clinton y Donald Trump o Ted Cruz, entre la economía del tipo Romer y el “Ayn Randismo”? Veremos.

Paul Krugman es ganador del Premio Nobel de Economía en 2008.

© 2015 The New York Times.

“Distribuido por NYT Syndicate”.

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