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Internacionales

Jill Biden, la energía unificadora detrás del candidato a la Casa Blanca


Es catedrática de universidad del norte de Virginia, cerca de Washington, donde quiere continuar trabajando incluso si su marido se convierte en presidente.

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Desde hace meses Jill Biden atraviesa sin pausa Estados Unidos con un mensaje: solo Joe Biden podrá unir un país dividido al extremo, ahora que llegó a Casa Blanca. Su energía y mensaje optimista es apreciado por electoras demócratas, pero también por algunos republicanos.

Con un vigor que con frecuencia sobrepasa al de su marido, que desde hace tiempo limitó sus desplazamientos de campaña, esta profesora de 69 años visita a los votantes en los estados claves, susceptibles de inclinarse hacia el lado demócrata el 3 de noviembre.

Llama a los estadounidenses, «demócrata y republicano, rural y urbano» a unirse para superar las divisiones políticas, derrotar la pandemia y la crisis económica.

«No estamos de acuerdo en todo, no es necesario, aún podemos querernos y respetarnos los unos a los otros», afirma, en un discurso en las antípodas de las diatribas de Donald Trump.

También muestra una imagen más íntima de Joe Biden, cuya vida ha recibido los golpes de «tragedias inimaginables».

Jill Biden cuenta especialmente cómo el exvicepresidente de Barack Obama consiguió la fuerza para retomar sus actividades en la Casa Blanca, solo unos días después de la muerte de su hijo Beau de un cáncer de cerebro en 2015.

«Aprendió cómo sanar una familia rota, y de la misma manera se sana a una nación, con amor, comprensión, pequeños actos de bondad, valentía y una esperanza inquebrantable», dice, tocando las crisis que golpean a Estados Unidos debido a la pandemia y las tensiones que se acumulan tras cuatro años de gobierno del magnate republicano.

Joe y Jill Biden se casaron en 1977, cinco años después de una primera tragedia, cuando la primera esposa del senador y la hija pequeña de ambos fallecieron en un accidente de auto.

Todavía niños, sus dos hijos varones sobrevivientes, Beau y Hunter, le habían sugerido a su padre casarse con Jill, rememora Joe Biden en sus memorias, donde escribió: «Ella me devolvió la vida».

«»Ella es la persona más fuerte que conozco», dijo más recientemente en un video durante la convención demócrata en agosto.

Foto: Angela Weiss / AFP.

Primera dama del siglo XXI

Jill Biden interrumpió su carrera cuando tuvo a su hija, Ashley, en 1981, pero luego retomó sus estudios para obtener un doctorado en educación.

Todavía da clases en una universidad del norte de Virginia, cerca de Washington, donde quiere continuar trabajando incluso si su marido se convierte en presidente.

Sin contar a Hillary Clinton, que fue brevemente senadora tras el gobierno de su esposo, Jill Biden es la primera primera dama en proseguir su carrera profesional.

Si lo hace «cambiará para siempre las expectativas y limitaciones» del rol, estima Kate Andersen Brower, autora de un libro sobre la historia de las primeras damas estadounidenses, subrayando que «la mayoría de las estadounidenses deben conciliar la vida profesional con la familiar».

Jill Biden se involucró en la campaña de su marido desde las primarias. El candidato demócrata tomó por costumbre presentarse como «el marido de Jill Biden». 

Sólidamente al lado de su marido, denunció las «calumnias» lanzadas por el bando de Trump para «distraer la atención», en relación a las acusaciones recientes de corrupción contra Joe y Hunter, el hijo menor envuelto en polémica por sus negocios en China y Ucrania cuando su padre era número dos de Barack Obama. 

Sin embargo se mantuvo discreta frente a la acusación de violación en los años 90 hecha por una mujer, Tara Reade, que Joe Biden ha categóricamente negado.

El senador por tres décadas y vicepresidente por ocho años (2009-2017) también fue denunciado por tener una relación muy táctil con las mujeres, que se quejaron de gestos muy invasivos. Jill Biden afirma que no ve sino un comportamiento inocente de su marido, quien, por su lado, admitió haber «aprendido» de las declaraciones de esas mujeres que consideraron su espacio privado invadido.

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