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Internacionales

Sirios desplazados comienzan año nuevo en prisión abandonada


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Los niños juegan en el patio y los adultos acondicionan la celda en la que van a vivir varias familias. Huyendo de los bombardeos del régimen en el noroeste de Siria, los desplazados internos no tuvieron otra opción que refugiarse en una antigua prisión.

Ellos están entre los cientos de miles de desplazados por la guerra que comienzan el nuevo año lejos de sus hogares, a veces instalados en escuelas, mezquitas o edificios en construcción, requisados para albergarlos en la región de Idlib dominada por los yihadistas.

Sólo en diciembre, unas 284.000 personas tuvieron que huir del sur de la provincia, asoladas por los combates, principalmente la ciudad de Maarat al Numan y sus alrededores, una zona hoy casi

vacía según la ONU.

Unas 50 familias, alrededor de 300 personas, residen en una prisión desafectada en la ciudad de Idlib.

Frente a los lúgubres edificios en piedra y cemento gris, los niños hacen un círculo en el asfalto mojado del patio. Otros se mueven en balones saltadores coloridos mientras algunos juegan a la cuerda.

En una celda sombría, donde un hilo de luz pasa a través de pequeños tragaluces en lo alto de una pared, un hombre encaramado sobre una escalera tiende una lona de plástico para dividir la habitación.

A los 69 años, Um Hatem huyó de la región de Maarat al Numan con su hijo soltero. Llegada a la ciudad de Idlib, buscó refugio. Le dijeron que estaba en la cárcel.

«Nos instalamos allí, aunque el lugar no es habitable», cuenta la sexagenaria de rostro surcado por arrugas. «No hay agua, no hay electricidad, no hay luz. Las habitaciones son estrechas y sofocantes», se queja.

– Falta de abrigo –

Enfundada en una chaqueta de lana, Um Hatem ayuda a vaciar una camioneta que que fue a recoger algunas cosas de su casa: provisiones en frascos, cubos de plástico, una alfombra de yute.

«Si tuviéramos los medios, habríamos alquilado una casa», lamenta. «Pero ni siquiera tenemos comida», aseguró.

Desde hace varias semanas, el gobierno de Bashar al Asad, apoyado por la aviación rusa, intensificó de nuevo sus bombardeos contra Idlib.

IdlibSiria | AFP | miércoles 01/01/2020 – 13:10 UTC-6 | 718 palabras

Los niños juegan en el patio y los adultos acondicionan la celda en la que van a vivir varias familias. Huyendo de los bombardeos del régimen en el noroeste de Siria, los desplazados internos no tuvieron otra opción que refugiarse en una antigua prisión.

Ellos están entre los cientos de miles de desplazados por la guerra que comienzan el nuevo año lejos de sus hogares, a veces instalados en escuelas, mezquitas o edificios en construcción, requisados para albergarlos en la región de Idlib dominada por los yihadistas.

Sólo en diciembre, unas 284.000 personas tuvieron que huir del sur de la provincia, asoladas por los combates, principalmente la ciudad de Maarat al Numan y sus alrededores, una zona hoy casi vacía según la ONU.

Unas 50 familias, alrededor de 300 personas, residen en una prisión desafectada en la ciudad de Idlib.

Frente a los lúgubres edificios en piedra y cemento gris, los niños hacen un círculo en el asfalto mojado del patio. Otros se mueven en balones saltadores coloridos mientras algunos juegan a la cuerda.

En una celda sombría, donde un hilo de luz pasa a través de pequeños tragaluces en lo alto de una pared, un hombre encaramado sobre una escalera tiende una lona de plástico para dividir la habitación.

A los 69 años, Um Hatem huyó de la región de Maarat al Numan con su hijo soltero. Llegada a la ciudad de Idlib, buscó refugio. Le dijeron que estaba en la cárcel.

«Nos instalamos allí, aunque el lugar no es habitable», cuenta la sexagenaria de rostro surcado por arrugas. «No hay agua, no hay electricidad, no hay luz. Las habitaciones son estrechas y sofocantes», se queja.

– Falta de abrigo –

Enfundada en una chaqueta de lana, Um Hatem ayuda a vaciar una camioneta que que fue a recoger algunas cosas de su casa: provisiones en frascos, cubos de plástico, una alfombra de yute.

«Si tuviéramos los medios, habríamos alquilado una casa», lamenta. «Pero ni siquiera tenemos comida», aseguró.

Desde hace varias semanas, el gobierno de Bashar al Asad, apoyado por la aviación rusa, intensificó de nuevo sus bombardeos contra Idlib.

El régimen se dice decidido a reconquistar esta región dominada por los yihadistas de Hayat Tahrir al Sham (HTS, ex rama siria de Al Qaida) y que también acoge a grupos rebeldes.

Pero pese a un cese de fuego anunció a fines de agosto, siguen ocurriendo violentos combates terrestres entre las fuerzas progubernamentales, los yihadistas y los rebeldes.

Con la última afluencia de desplazados, «se utilizan edificios públicos como mezquitas, garajes, salas de bodas y escuelas para acoger a las familias», informó recientemente la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (Ocha).

Sin embargo, las plazas disponibles podrían no ser suficientes «dada la magnitud de los desplazamientos», advirtió la agencia de las Naciones Unidas.

El norte de Idlib está invadido por los campamentos de desplazados informales, donde los civiles se amontonan en tiendas de campaña o simplemente se instalan en medio de los campos de olivos.

– «Futuro por delante» –

En una escuela visitada por un periodista de la AFP, la ropa se seca sobre cuerdas en el patio de recreo.

Una docena de familias comparten el lugar. Se reemplazaron los pupitres de las aulas por alfombras y colchones de espuma a lo largo de las paredes

«Las escuelas son convertidas en centros de acogida para los desplazados de la región de Maarat al Numan o del sur de Idlib. La enseñanza se ha suspendido», reconoce Abdel Salam al Amin, coordinador de una oenegé humanitaria que distribuye ayudas a las familias.

«Les traemos comida, cobijas y colchones», agregó.

En el patio de la prisión, Abdel Qader Shawarghi corta el cabello de un niño sentado en una tabla.

El peluquero de años huyó hace dos semanas de los bombardeos en Maarat al Numan. Instalado con su mujer y sus dos niños en la prisión, continúa manejando las tijeras para mantener a su familia.

Para el nuevo año, se dice optimista y espera que la gente pueda pueda regresar a sus casas.

«Los niños tienen el futuro por delante, no queremos que vivan lo que lo nosotros vivimos con la guerra», expresó.

En casi nueve años, el conflicto que estalló en 2011 ha costado la vida a más de 370 mil personas.

«Si Dios quiere, este nuevo año será el fin de la guerra en Siria», manifestó.

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