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Internacionales

La espera de López Obrador junto a la reja 


Andrés Manuel López Obrador estuvo un buen rato esperando de pie junto a la reja. Llegó tempranísimo. Su local de votación estaba aún cerrado. Pero lo suyo es la paciencia. En realidad, había estado esperando 12 años.

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Con traje oscuro y camisa blanca sin corbata, se apostó frente al centro de votación en la calle Insurgentes Sur en la zona capitalina de Copilco. Y aguardó una hora y media hasta que pudo emitir su voto.

No era novedad. Su espera empezó en 2006 cuando perdió por primera vez las elecciones. En 2012, otra vez.

Y ahora en su tercer intento, al ex alcalde de Ciudad de México, de 64 años, sólo le quedaba esperar unas cuantas horas. Hasta que las encuestas de salida y, sobre todo, sus rivales reconocieron el triunfo que dará a México un giro a la izquierda.

En todo el país los mexicanos acudieron a votar con una mezcla de sentimientos: unos decían que iban con esperanza, otros con enojo por la inseguridad y la corrupción, otros con miedo frente a lo que consideran el “Hugo Chávez mexicano”.

“Esperamos que las cosas mejoren. Están feas. La inseguridad, la economía”, dijo a dpa Susi Sandoval, de 25 años, mientras hacía fila para votar en la sede de un sindicato en la calle Dublín de Ciudad de México.

Detrás de ella Alejandro Fernández, de 32 años, dijo que encaraba las elecciones “con muchos ánimos por las circunstancias de cómo está el país”.

“La corrupción es el lastre de México”, afirmó, aunque más que enojado dijo que se sentía “esperanzado” de que iba a haber un cambio en el segundo país más poblado de América Latina y segunda mayor economía de la región, después de Brasil.

Sin embargo, el proyecto de López Obrador es para otros mexicanos una incógnita y fuente de incertidumbre, en un país con estabilidad económica y política, aunque con niveles récord de violencia y mucha desigualdad.

“Estoy con temor, básicamente con miedo de lo que va a suceder, lo que llegue a hacer si llega al poder. Me atemoriza que lleguemos a estar como Venezuela, que la clase media alta baje de posiciones y los pobres aumenten”, dijo Verónica Vallarta, una mujer en sus cuarentas.

Los que no simpatizaban con López Obrador quedaron diseminados entre dos opciones: el opositor de centroderecha Ricardo Anaya y el ex ministro sin militancia política José Antonio Meade, postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI, centro).

En México basta un voto de diferencia para ganar porque no hay segunda vuelta y las encuestas previas no anticipaban que Anaya o Meade tuvieran suficientes apoyos como para derribar al puntero.

Después de más de 29.000 muertos en un solo año, una seguidilla de escándalos de corrupción de gobernadores priistas y la impopularidad del presidente Enrique Peña Nieto, el PRI también retrocederá en el Congreso y los estados, donde las tendencias no le favorecían.

“Me da tristeza que la gente no está votando por el candidato del PRI por culpa de los malos gobernantes. La gente está votando por López Obrador por enojo”, dijo Vallarta.

La bandera de López Obrador ha sido la lucha contra la corrupción, además de que supo colocarse como el candidato antisistema sin serlo, ya que siempre ha militado en partidos políticos.

De origen humilde como hijo de pequeños comerciantes, López Obrador llegó a la política de joven en el estado de Tabasco de la mano del poeta y político Carlos Pellicer.

Fue miembro y dirigente del PRI en Tabasco entre 1976 y 1988. Se sumó luego a fuerzas de izquierda que fundaron en 1989 el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que lo postuló las dos veces anteriores. Y en 2012 renunció a su militancia para fundar su Movimiento Regeneración Nacional (Morena).

Su ritmo siempre es pausado. Se toma su tiempo para hablar, incluso cuando arremete contra la “mafia del poder” y la “minoría rapaz” que dice que ha sometido a México. Ahora, sólo era cuestión de esperar.

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