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Internacionales

Los bares de tango se niegan a desaparecer


La cultura tanguera se difundió en Medellín desde comienzos del siglo XX por la llegada de futbolistas argentinos.

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Viejas rocolas, mesas de billar y pensionados sentados a sus mesas: los bares de tango de Medellín luchan por mantener la tradición del ritmo del dos por cuatro en esta ciudad de Colombia, aunque en medio de trabas que amenazan su supervivencia.

 

El Café Alaska, con sus paredes llenas de retratos de leyendas del tango y clientela casi exclusivamente masculina, tiene 73 años abierto, pero su administrador, Gustavo Rojas, teme que desaparezca si los dueños del local concretan su venta a un empresario que quiere montar una panadería.

 

“En esta avenida había un bar en cada esquina y dos en la mitad de cada cuadra. Uno a uno han cerrado: ahora son zapaterías o panaderías”, cuenta Rojas. “Si yo no trabajara acá, sería cliente”, asegura.

 

Ubicado en la avenida Carlos Gardel del barrio Manrique, otrora epicentro tanguero, el Alaska es el único bar que queda en esa zona de Medellín, ciudad que hacia 1970 llegó a tener decenas de locales dedicados al ritmo rioplatense, de los que hoy quedan seis o siete.

 

Lara, una joven turista uruguaya, quedó sorprendida “por lo autóctono que es el tango en Medellín” y sobre el Alaska asegura que “con su billar, parroquianos y decoración”, se le pareció mucho al viejo bar de la esquina de su barrio montevideano.

 

Según los conocedores, la cultura tanguera se difundió en Medellín, segunda ciudad de Colombia, desde comienzos del siglo XX por la llegada de futbolistas argentinos y por lo identificados que se sentían con las letras los obreros de sus barriadas, llegados de otras regiones al igual que emigrantes europeos desembarcaron en Argentina o Uruguay.

 

Defensores de la tradición tanguera, como Javier Ocampo, encontraron en estos bares la forma de convertir su pasión en un negocio, que mantiene más por “compromiso con la ciudad y los clientes, que por beneficio económico”.

 

Ocampo es dueño desde hace 30 años de la Casa Cultural del Tango Homero Manzi, donde tienen su sede la Asociación Gardeliana de Colombia y la Academia Colombiana de Tango, de las que ha sido dirigente.

 

“Es un sitio para el encuentro, para disfrutar sanamente”, cuenta sobre su local, coronado por una antigua rocola decorada con una imagen de Gardel, quien al morir hace 80 años en Medellín dejó a la ciudad para siempre en el mapa mundial del tango.

 

Para Ocampo, el género ha “resurgido”, pero en ámbitos diferentes. “Hay academias, que organizan milongas y atraen muchos jóvenes, pero que son más de bailar que de venir a escuchar tangos al bar”, dice.

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