Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Insólito

El hombre que habla con los árboles dice que “Esconden historias fascinantes”

¿Y si los árboles estuvieran llenos de música? ¿Y si sus canciones hablaran no solo sobre su historia ancestral, sino también sobre la del ser humano? Son las sugestivas hipótesis que el biólogo, poeta y ensayista David George Haskell explora en uno de los libros más originales y celebrados de 2017.

Fecha de publicación: 19-12-17
Por: DPA
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“Los árboles están llenos de sonido”, cuenta el profesor de la University of the South de Tennessee, Estados Unidos, en una entrevista con la agencia dpa con motivo de la publicación en España de “Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza” (editorial Turner).

“El viento se filtra y silba a través de las hojas, los insectos roen la madera, el hielo desgarra las ramas. Otros sonidos son demasiado altos o bajos para nuestros oídos, pero con micrófonos sensibles he escuchado el agua corriendo por las ramas como un lento latido o las vibraciones de la ciudad penetrando en la madera”, describe Haskell.

La escucha paciente de ese intenso mundo sonoro ofrece un interés que va más allá de la biología, añade el profesor: “Detrás de cada uno de esos sonidos se esconden historias fascinantes de cómo la vida de los árboles está conectada con la vida de otras criaturas. Incluida la nuestra”.

Haskell ganó fama mundial con su primer libro, “En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza” (Turner, 2012), donde recogió las observaciones y sensaciones que tuvo acudiendo durante un año a la misma piedra del mismo bosque. El particular ejercicio lo convirtió en un libro de culto que fue finalista del Premio Pulitzer.

Su segundo título repite ahora esa mezcla de poesía, biología y filosofía con otro desafío: Haskell escogió 12 especies de árboles, del ceibo ecuatoriano al abeto navideño pasando por los olivos en Jerusalén, para trazar a través de su escucha profunda una historia natural que es también una historia de la cultura humana.

“Nuestra vidas están vinculadas a los de los árboles de muchas formas”, explica en la entrevista por correo electrónico. “De los árboles y sus productos obtenemos refugio y comida, nuestras economías se basan en quemar madera o madera fósil (carbón)”. Pero los árboles nos aportan algo más que sustento material, añade.

“Casi cada conexión cultural entre la gente tiene a los árboles en el centro: madera en los instrumentos musicales, edificios hechos de madera, papel hecho de árboles, las fogatas en torno a las cuales nos reunimos y hablamos. Los árboles son nuestro sostén ecológico y cultural. Nuestro futuro está vinculado al suyo”.

El recorrido de Haskell por especies de todo el mundo sirve por eso como llamado de atención sobre una sociedad que, pese a estar cada vez más interconectada, ha ido perdiendo conexión con el entorno.

“Nuestras redes electrónicas modernas basan su poder psicológico en la necesidad humana de conectarse y conversar, una necesidad profunda compartida con otras formas de vida”, constata Haskell.

“Pero, paradójicamente, estas redes electrónicas oscurecen nuestros orígenes y el curso de nuestra vida en el marco de las redes orgánicas del planeta. De modo que perdemos conexión con el entendimiento de nosotros mismos”.

De forma similar a otros pensadores como David Rothenberg, experto en música animal, Haskell concluye: “Al abrir nuestros sentidos, intelecto, emociones, cuerpos y culturas al sonido del mundo, logramos conocernos a nosotros mismos y nuestras relaciones con el mundo de un modo más profundo y completo”.

El éxito de las dos obras de Haskell se apoya también en su personal estilo a caballo de ciencia y poesía que han cultivado otros investigadores como E.O. Wilson, Chuang Tzu o David Hinton: “Todos ellos rompen los límites artificiales entre literatura, ciencia, filosofía y apreciación estética”, se autodefine Haskell.

Su nueva obra refleja en cada página un contagioso amor por la naturaleza y los árboles. Pero consultado por alguna preferencia concreta, el biólogo apunta a dos ejemplares bien diferentes: el ceibo, gigante de la Amazonia, y un peral que encontró en una calle de Manhattan.

“El ceibo me enseñó lo diversa que puede ser la selva tropical, lo intensa que puede ser la cooperación y el conflicto en la comunidad de la vida. Es el punto con mayor intensidad vital que he visto jamás: todos mis sentidos se vieron desbordados”, recuerda.

Admiración de algún modo opuesta a la que le generó el árbol en un corazón urbano como Manhattan: “Me mostró hasta qué punto la vida de los humanos y los árboles están vinculadas también en la ciudad: nos reunimos a conversar bajos sus ramas, nos sentimos atraídos a ellos, refrescan en verano, limpian la atmósfera, cambian los sonidos y el sabor del aire de la ciudad…”

Es el tipo de proyecciones que Haskell logra extraer de sus 12 especies observadas en uno de los títulos más originales del año que termina.

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