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Libros

Línea de fuego


Viaje al centro de los libros.

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Las novelas españolas desde la segunda mitad del siglo XX han venido girando sobre el asunto de la Guerra Civil y sus secuelas, así como ha sido el tema favorito de las películas peninsulares. Lo cual es entendible. Autores afines a los nacionalistas o a los republicanos se turnaron la elaboración de novelas memoriosas adoptando posiciones políticas imperativas. En ‘Soldados de Salamina’, de Javier Cercas, hay una primera gran ruptura, porque deslumbra el relato de cómo se salvó del fusilamiento Rafael Sánchez Ferlosio, el autor del ‘Jarama’ que perteneció a la directiva de la Falange, y logró por suerte salvarse de la muerte tras romper su palabra. El fugitivo escapa, se esconde, y es nuevamente apresado y vuelto a mandar a fusilar, pero se las ingenia para esconderse entre cadáveres, huye, lo persiguen y un soldado republicano que le da caza le perdona la vida sin razón, en un momento tan dramáticamente conmovedor que hizo de la obra un clásico español del principio del milenio. No volvió Cercas a escribir nada igual. La obra transita por el lindero de lo real con ficción, revela el sentimiento de culpa y las dudas infinitas.    Y a dicha novela extraordinaria se suma ahora ‘Línea de fuego’, de Arturo Pérez-Reverte, que es autor de pura acción, que no pierde el tiempo en descripciones excesivas ni en elucubraciones, solo verbo.    

Pérez-Reverte se hizo popular por sus novelas históricas y crónicas de aventura, y quizá cruzó el umbral de la literatura mayor al escribir ‘Sidi’, donde planteó al Cid Campeador como mercenario cobrando por pelear contra moros o a su favor, en su carrera de exilio antes de emprender la Reconquista. El escritor español alteró la imagen oficial del héroe, siempre honorable, acompañado por peleadores dispuestos a morir y aceptar la decapitación por sus transgresiones, si el Cid así lo ordenaba. Lo plantea dirigiendo una campaña para extender los dominios del rey musulmán de Zaragoza, Mutamán. Y de tal obra saltó un año más tarde a la gran novela sobre la Guerra Civil sin tomar partido, porque republicanos y fascistas eran españoles, hermanos, y en la página 45 (la novela tiene 682 páginas) nos deja congelados cuando dice: “—Es lo malo de estas guerras —va diciendo Olmos, a su espalda—. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú, y como que así, ¿no?… Se te enfrían las ganas”.

La novela elabora en la ficción, a partir de investigación de la batalla del Ebro, las indecisiones, temores, fanatismos, obstinación o duda de combatientes que se enfrentan a muerte y a la masacre por ideas o circunstancias. Un conato de desertor se salva como gato panza arriba una y otra vez, almas generosas se sacrifican sin más, españoles peleando contra españoles en una guerra que los dejó plagados de cicatrices que no sanan. La experiencia de no saber cómo reaccionar al escuchar a los heridos dolientes, que se quejan en su mismo idioma, los espanta. Y la sensación que va quedando a medida que la lectura transcurre es que no se trata de buenos contra malos, desde ninguna de las dos perspectivas, sino de la lucha entre hermanos.

El debate reventó en España, y abundan los ataques de críticos evidentemente republicanos o nacionalistas que se indignan, porque no pueden ver otra realidad sino la suya, pero los lectores comunes caen fascinados ante la novela magistral que se ha vendido en la Península como pan caliente. Nosotros no tenemos vela en ese entierro, pero el Ebro se nos presenta como un espacio universal donde se sucedió una guerra violenta, radical, con pérdida de vidas humanas y gran profundidad escénica. El protagonismo es múltiple, muchos personajes combatientes alternan de un lado al otro de las ideas, del río al poblado, y son caracteres inolvidables viviendo pasajes crueles con gran sentido del humor. La novela se lee con fluidez y se disfruta. Una gran obra literaria que nos hace pensar en lo que aún no se ha escrito en Guatemala sobre nuestro conflicto armado.

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