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Libros

Memoria de Sergio Ramírez


Viaje al centro de los libros.

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El escritor nicaragüense Sergio Ramírez es el autor centroamericano más reconocido en el mundo,  ganador del Premio Cervantes, que equivale al Nobel en nuestro idioma, cuyos libros se difunden en todo el ámbito de Iberoamérica y que ha sido traducido a mutiplicidad de idiomas, modernos y exóticos, y quien además de ser novelista prolífico siempre ha mantenido el vínculo con los autores jóvenes, promotor de ‘Centroamérica Cuenta’ para la difusión de la obra de los nuevos autores de la región, con lo que aporta lo que no existía cuando él se formó y eligió la carrera literaria, que compartió por años con la acción política y la Vicepresidencia de la Nicaragua sandinista.   

Tuve la dicha de conocerlo personalmente en los días de la Revolución, en casa de Roberto Díaz Castillo, gran anfitrión y amigo, en donde pude comprobar la cordura y visión del escritor apasionado de Darío, amante de la comida y las tradiciones.  Desde entonces, a cada vuelta de rueda, lo he vuelto a encontrar y he gozado de su hospitalidad y la de su esposa ‘Tulita’ en ciudades como León, donde visitamos el edificio en el que estuvo su habitación de estudiante hasta el colegio de quien se convertiría en su pareja de toda la vida; he comido nacatamales en su casa en Managua y presencié momentos memorables como cuando, en el Palacio de la Revolución en Cuba, me tocó ir detrás suyo en la fila de ingreso a una cena que ofreció Fidel Castro a principios del milenio, cuando ellos ya estaban algo distanciados por la política, pero siempre vinculados por la literatura.  La tensión se podía palpar.  Lo atendimos en una ocasión ya lejana en nuestra casa en la Antigua, después de la presentación de su libro de memorias ‘Adiós muchachos’.  He leído cuanto ha escrito, desde ‘Charles Atlas también muere’ en aquella edición clásica de la serie del volador de la Editorial Joaquín Mortiz, y luego la novela ‘¿Te dio miedo la sangre?’, en la edición española de Argos Vergara, donde hay un pasaje en la ciudad de Guatemala inolvidable, así como la dibujó en ‘La fugitiva’, la de los tiempos del presidente Arévalo, con sus hoteles, el Colegio de Infantes y nuestras costumbres y vicios expuestos, porque allí radica la relevancia de su intuición. Ramírez es centroamericanista, y Guatemala una de las capitales que evoca.   

En su libro memorioso ‘Juan de Juanes’, relata sus andanzas por el mundo y resalta la vida de los amigos, lugares, comidas y ocasiones memorables, en las que fue actor o espectador, y se presenta como niño en un pequeño pueblo de la Nicaragua en los tiempos de Somoza, proyectando películas desde un cajón de madera hacia una pantalla rudimentaria, en un cine al aire libre. Vuelve a los días del joven revolucionario complotando en contra del dictador. Un autor viajero que antes de la pandemia estaba un día en Guatemala, tomando café ralo con escritores anónimos, y otro en México con García Márquez o con Vargas Llosa, hablando de la manera infinita de preparar los huevos para el desayuno.    

El libro que lo impulsó al mercado internacional fue ‘Margarita está linda la mar’, ganadora del premio Alfaguara, que para su lanzamiento en su patria llenó la catedral en ruinas de Managua en un hecho histórico del que fui testigo, inusitado en la cultura centroamericana, cuya memoria guardo con especial admiración y afecto.  La obra plasma los tiempos anteriores a la Revolución sandinista, estableciendo los motivos de la gesta reivindicatoria que se inicia con el magnicidio perpetrado por un tal Rigoberto López Pérez, que cumple el propósito sacrificándose, mientras la obra mantiene el cordón umbilical amarrado a los inicios del siglo, a cuando Rubén Darío regresa a León para ser homenajeado y su cerebro termina en el traspatio de un burdel.  El poeta nica va aún más allá en ‘Mil y una muertes’, mi novela favorita suya, donde amarró la experiencia cosmopolita del político retirado contemporáneo con la ilusión de una generación de soñadores que vivieron para construir un canal que uniera los dos océanos y entregar el país a un monarca francés.   Los pasajes de la bohemia de Rubén Darío y Vargas Vila en Europa, vistos a través de la cámara de un fotógrafo mestizo perdido en la corte de los reyes, es asombroso.  Un gran autor de nuestro tiempo.

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