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Libros

Novelistas debutantes


Viaje al centro de los libros.

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El ejercicio de escribir novela, a diferencia de otros géneros de realización relativamente inmediata (aunque sea el fruto de una larga reflexión), como sucede con el cuento en narrativa o poesía, es el tiempo, porque escribir novela significa madurar una idea, crear un mundo, y desarrollar la historia con trabajo e  imaginación, que se nutre de las experiencias e intuición y va mudando en el transcurso. El tiempo que lleva escribir una novela es muy variable, la minoría se sientan y produce de un tirón, pero lo común es la entrega de meses, años, con versiones y repeticiones, corrección, búsqueda del punto de vista, estrategia narrativa y desarrollo.  Lleva mucho esfuerzo escribir una novela, pero están apareciendo  nuevos autores, y la lectura de las obras permite calcular tendencias e intereses, y me referiré en esta oportunidad a dos casos muy diferentes pero con ciertos puntos en común que vale la pena poner en contexto.   Por un lado está la novela de Gabriela Grajeda Arévalo, ‘El día que me gustaste’, y de Mateo Echeverría, ‘Volver implica demasiado’, que se desenvuelven con cierta nostalgia por el pasado reciente, una lineal, basada en la acción y la segunda en el monólogo interior.    

Gabriela es una joven escritora bisnieta de don Rafael Arévalo Martínez, lo que de alguna manera habrá marcado su interés por las letras, tal y como ha sucedido con cada generación previa. Ella optó por escribir una novela de corte juvenil, que explora una situación romántica con nostalgia, porque nos lleva a finales del milenio pasado o principios del actual, en los días de los café internet, los celulares tarjeteros, el Hotmail y los mensajitos en una vida de provincia, en la Antigua, donde la autora logra describir con gran poder la vida normal, las calles, los espacios frecuentados por los adolescentes, los valores generacionales en medio de una relación romántica entre una jovencita de origen italiano y un antigüeño privilegiado, aunque víctima de una situación familiar dictatorial.  La historia está bien desarrollada, hay acción permanente, se va desarrollando el año escolar acorde a la estacionalidad correspondiente y utilizando multitud de recursos, manejando la tercera persona gramatical, narra los sucesos hasta cuando Gina deja la ciudad colonial y se marcha a Florencia, queriendo “arrancarse su país desde los cimientos”, atrás quedó “la fachada de su casa, su cuadra, las piedras grises y el alambrado”,  haciendo sentir que en este país entrañablemente querido no es tan fácil realizarse. Los capítulos son cortos, y el 42 desarrolla un momento conmovedor: “la tristeza no se repara, se queda allí como el agua que se estanca, apesta y se llena de insectos que luego provocan enfermedades”.    

Por el otro lado está Mateo Echeverría, con una obra discursiva sentimental, sobre un personaje que se expresa aburrido, como un ‘leitmotiv’ ante la rutina, mientras desea la experiencia del atrevimiento imaginario.   La narración reflexiva tiene la virtud de que nunca da nada por sentado, porque puede ser una cosa u otra, y acude a la nostalgia de una juventud que parece lejos cuando está tan cerca, por la fugacidad de la vida.   Un joven abogado fastidiado en el empleo que “pienso en el sabor que tenía la vida cuando era más joven”.   La novia es italiana, Francesca, y el deseo de partir, de huir, es altísimo: “Irme de aquí y ser de otro lugar”, porque tras realizar estudios en Europa ya no logra encontrarse en Guatemala, y en la narración despliega el drama familiar, el estigma del supuesto suicidio materno, las sesiones con el psicólogo, y va revelando a un personaje atormentado, confundido, que “infatigablemente narraba nuestro acontecer diario dándole soluciones a nuestros obstáculos en as rutas sinuosas y frágiles del amor”. 

Las dos novelas muestran juventud, almas apasionadas y atormentadas que migran pero aman lo propio, y se debaten en el sentido de la vida.

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