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Libros

Literatura guatemalteca en los años setenta


Viaje al centro de los libros.

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La década de los setenta del siglo pasado fue intensa para la literatura nacional, en medio del conflicto interno.   Las condiciones eran difíciles pero el ánimo de creación era alto, y recuerdo que en la Universidad de San Carlos se respiraba un espíritu entusiasta, porque leer y escribir nos juntaba a muchos, congregados en la Facultad de Humanidades en tertulias intensas.  Los profesores animaban a emprender el reto creativo, y charlar informalmente con profesores como Francisco Albizúrez Palma, Dante Liano, Lucrecia Méndez de Penedo, Luz Méndez de la Vega, Margarita Carrera, o con compañeros de estudios como Rolando Medina, Franz Galich, Arturo Monterroso, Ana María Rodas, y con nuestro grupo de Cuerpos sin Lugar, antigüeños que estábamos en todo.  En esos días estaba emergiendo una generación y las promesas a las que admirábamos andaban estudiando fuera, publicando sus primeros libros y tenían la bendición de nuestros maestros.    

Marco Antonio Flores publicó en México, en Joaquín Mortiz, su novela insignia, ‘Los compañeros’ (1976), y se paseaba por los centros culturales, agresivo y retador.   Lo conocí poco, pero a su regreso al país en los ochenta me correspondió presentar la edición local de su novela por primera vez en el país.  Un gran gusto.

En París completaba el doctorado Arturo Arias, cuyos cuentos ‘En la ciudad y en las montañas’(1975) ya anunciaban al escritor que llegó a la Facultad con zapatos suecos, barba rolliza y pareja francesa, a mostrar su tesis ‘Ideología, literatura y sociedad durante la revolución guatemalteca’, un verdadero ladrillo que en 1979 ganó el premio de ensayo Casa de las Américas en Cuba, al mismo tiempo que en México le publicaba Joaquín Mortiz su novela ‘Después de las bombas’.  Su temática inicial lo mantuvo inmerso en los avatares de la década revolucionaria, hasta cuando ganó el Premio Casa de las Américas en novela con ‘Itzam Na’ (1981), una novela experimental.   A Arias lo conocí personalmente en México, en el 79, en casa de Augusto Monterroso, y anduvimos por aquellos lares en los tiempos de la ilusión, y luego en Guatemala lo invité a dar una charla a mis estudiantes de Literatura en el instituto donde yo enseñaba, cuando lo único que nos desvelaba era la literatura, igual que autores como Dante Liano, que había retornado de Italia con el doctorado, y en esas fechas publicó en RIN 78 ‘Jornadas y otros cuentos’, convirtiéndose en figura notable que ayudó a que publicáramos muchos de los que veníamos detrás.    

En esa década Mario Roberto Morales publicó ‘Los demonios salvajes’ (1978), imprimiendo audacia a la novelística nacional.  La novela de Luis de Lión ‘El tiempo principia en Xibalbá’ es setentera, aunque se publicó póstumamente en la década siguiente, como también son ‘El ratero’ de Franz Galich (1978), y los ‘Poemas de la izquierda erótica’ (1973) de Ana María Rodas, y en las páginas de ‘El Gráfico’ se publicaban las crónicas de Manuel José Arce.  Lo inquietante de entonces fue que la literatura fluía como un torrente, como una ola de agua fresca que a pesar de la conflictividad prosperó, porque se hacía teatro, se escribía poesía y empezó la cultura de la novela, inspirada por los primeros autores que abrían brecha. Luego vino la diáspora, la fragmentación, los autores repartidos por el mundo dedicados a tareas intelectuales, y aunque se ha escrito mucho, ya no se vive con la misma intensidad y pasión de los años setenta.  Las escuelas de Letras se están extinguiendo, el ánimo es otro, mucho más individual y disperso, aunque se escriba más que antes y se publique todavía más, y con la pandemia la vida intelectual se ha encerrado aún más.

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