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Libros

Memoria de Marco Augusto Quiroa


Viaje al centro de los libros.

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A Marco Augusto Quiroa (1937-2004) le sobraban los dones, porque su sensibilidad se manifestó en la pintura, en la narrativa y en la conversación, porque hacía de cada medio un arte.  Sus famosas caricaturas dominicales en ‘elPeriódico’ combinaban el ingenio de la palabra con su inconfundible estilo gráfico, creando personajes que lo retrataban a él y dimensionaban al país, mostrando con gran intuición el sentido de nuestra identidad.

Hubo un tiempo que fue muy envidiado, porque los pintores lo llamaban escritor y los escritores pintor, pero fue las dos cosas, y pudo haber compuesto música sin problema, porque era abundante y prodigioso.

En su infancia en Chicacao, Suchitepéquez, se le grabaron la luz, el colorido intenso del paisaje nacional, las voces de los pájaros y los rostros sin rostro de los paisanos, que luego poblaron sus cuadros.   Amó Guatemala, y no se hubiera dejado trasplantar fuera del mundo donde germinó, porque se sabía a ciegas la dirección de los caminos, la estructura de los pueblos, las idas y venidas de los arrieros, el rumbo de los peregrinos, el paisaje de rostros de piedra en ventanas diminutas y clima frío, los perrajes coloridos, pañuelos sabiamente acomodados para enfrentar el dolor de muelas y los juguetes de ocote.   Lo cobijó el lago de Amatitlán, que convirtió en su residencia.

Dibujaba y contaba historias de personajes comunes, de la gente y sus cosas, en quienes presentía todo lo que pueden tener de noble y bello.   En un cuadro como en sus cuentos nos presentaba rostros duros, impenetrables, pero que revelaban el misterio de sus pensamientos, las pasiones arrinconadas, los intensos dolores secretos que existen en cada alma.  Podía oler el color de la gente y sentirle los sentimientos a los vivos y a los muertos.   

Dominó la técnica de la pintura y el dibujo, trazaba con gran facilidad de manera inconfundible, porque una figura de Quiroa no podría haber sido hecha por nadie más. Se reconocía automáticamente, porque tenía estilo propio, y así también escribía, tal y como pintaba, haciendo derroche de sensibilidad, porque era un contador de historias, que fijaba en un cuadro o desarrollaba en un cuento. Fue el relator del pueblo, y así como en ‘elPeriódico’ plasmaba imágenes de gran sutileza crítica y de denuncia a la injusticia, también participó en movimientos culturales, ilustró libros, como fue el caso de los ‘Cuentos de Joyabaj’ de Francisco Méndez, autor criollista que supo palpar la vida del chapín anónimo, para una colección memorable en los años ochenta, cuando Fernando Cifuentes emprendió una refrescante tarea editorial en tiempos de la diáspora y el silencio. En la Editorial RIN publicó su primer volumen de historias cortas en 1984, ‘Semana menor’, donde contaba y dibujaba, y significó una innovación nacional.  ‘Maco’ Quiroa fue así más allá de la pintura, y desarrolló la vida y misterio de sus personajes, a quienes dotó de movimiento, como en el cine, porque se movían en el relato, salían de la ventana donde fijó en la plástica sus instantes.  Después fue parte del grupo La Rial Academia, donde publicó el ‘Gato viejo’ (1990).    Ganó concursos de cuento en Quetzaltenango y de la Fundación Novella, y estaba escribiendo una novela que ya no se supo si terminó, o si estará aguardando su publicación.   La Editorial Cultura publicó dos libros: ‘Recetas para escribir un cuento’ (1996) y ‘Doña Mazacuata’ (1998).

Marco Augusto Quiroa creó un amplio conjunto plástico y literario que revela una perspectiva festiva y poderosa de la nacionalidad chapina, de dónde venimos y quiénes somos.  E inquieto como era, derrochador de vida y comprometido con la realidad, se lanzó a participar en la política, y usó el recurso publicitario de una valla con una reinterpretación de la ‘Maja desnuda’ de Goya que dio tanto que hablar que lo llevó a diputado, y con él arrastró a varios más, pero no pudo cumplir ni un año en el cargo porque la vida se le estrechó.

La obra de ‘Maco’ Quiroa debería de publicarse y difundirse para hacerle justicia, porque ha quedado como olvidada y atesorada como sus cuadros en apenas los hogares de una generación.    

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