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Libros

La sensibilidad de José Barnoya


Viaje al centro de los libros

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José Barnoya es un escritor de prosas breves que aparecen primero en forma fugaz en ‘elPeriódico’ y luego se concretan en libros memoriosos repletos de nostalgia y felicidad porque como expresa “tuve suerte al nacer”, porque “los tatas me trajeron al mundo en una casa con balcones de hierro, tejado de dos aguas con vigas que estornudaban polilla sobre el piso de ladrillo, y gárgolas que destilan agua sobre la tierra de un patio oloroso a geranio”.   Barnoya escribe orgulloso de haber sido educado para dar “el muy buenos días a todos” y agradecer la amabilidad con un “Dios se lo pague” y, determinado por la estacionalidad del año, evoca la memoria de las tradiciones, de las costumbres en el Centro Histórico, de cuando vivía en el barrio de Santa Rosa, donde creció como chiriz que jugaba capirucho, tiraba trompo, fisgoneaba a las niñas del Liceo Francés, usaba la honda de hule canche para espantar sanates y darle a los clarineros en los barrancos.  Leer a Barnoya nos hace sentir niños de feria, asombrados aún por las vueltas de la tómbola de la suerte, porque es un autor que añora feliz los tiempos en que caminaba a los estudios, o se sentaba en las bancas del parque central, para esperar el paso de las procesiones, de los desfiles de la Independencia, de las patojas uniformadas.  Añora la disciplina de la caligrafía, el olor del corozo, los ruidos urbanos y el talán de la campana, la matraca y la marimba; amante de los cuadros de santos y de las imágenes de bulto, acostumbrado a dar confianza y jalar la pita para entrar en la casa de su infancia, ahora convertida en espacio cultural de la ciudad.   Mantiene la costumbre del Nacimiento cada diciembre, así como en tiempos de Corpus se le hacen necesidad los tamales tayuyos, las peras y los quesillos. Sus crónicas producen apetito por los platos tradicionales de las cocinas del Mercado Central, como el  “revolcado, carne guisada, caldo de gallina”, y todo acompañado con unos “venados brincadores” que le dan mejor sabor a los platos, y suscita el deseo de un buen plato de “frijoles parados con apazote, queso seco, tortillas tostadas, platanitos, enchiladas, pan con chile relleno, chocolate mixqueño, quesadillas de oriente, molletes, empanadas, shecas de xela, elotes, y de postre las bolitas de miel o pizarrines”.  Sus crónicas son amigables, donde  elogia a la familia, a los buenos amigos, que son una multitud, y a su tierra.   

La pasada semana, la librería Sophos añadió una sorpresa del autor en su sello editorial Saqarik, publicando ‘Chata’, una fina  edición de los versos amorosos, pícaros e ingeniosos que dedicó en lo privado a su querida esposa desde 1965 al 2017, conservando el ritmo cronológico, que nos hace sentir en un instante el paso de medio siglo de afortunada relación amorosa.   En 1974, por ejemplo, tras los sucesos políticos del fraude electoral, escribió evocando a Marcial o Cardenal: “Todo el pueblo está seguro, / que hubo fraude en el evento; / con mis besos yo te juro, / que mi amor no es fraudulento”.  Para Navidad, Día del Cariño, aniversarios, Día de la Madre, cumpleaños, nacimiento de los hijos y nietos, desfiles de la Huelga de Dolores, Barnoya iba entregando poemas a su esposa como perlas que formaron un collar íntimo, ahora compartido con sus lectores en memoria. Un bello gesto que nos permite conocer más profundamente la sensibilidad del escritor y su dicha a lo largo de una vida sana y noble.

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