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Libros

Memoria de Saramago


Viaje al centro de los libros.

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El escritor portugués José Saramago (1922-2010) nos dejó hace más de una década, pero es imperecedero para la literatura contemporánea del siglo XX.    En 1998 ganó el Premio Nobel, y vino a Guatemala en las giras posteriores que le organizó su editorial, y la ocasión fue inusitada, porque una tarde de sábado, supongo (la memoria es débil), se presentó en el patio principal de la Compañía de Jesús en Antigua, donde funciona Cooperación Española.   Fue una gratísima ocasión, como sucede muy pocas veces, el espacio estaba repleto, y lo que más me impresionó fue la asistencia juvenil, y como la muchachada lo acosaba pidiéndole una firma en sus ejemplares de ‘La caverna’, primera novela escrita después del premio.   

Un par de sillas fueron colocadas sobre una tarima improvisada, una para el carismático escritor calvo de traje gris y corbata delgada, y otra para el entrevistador, un joven escritor impulsivo y entusiasta que condujo la entrevista, Maurice Echeverría (1976).   Saramago era alto, sentado parecía frágil y al hablar demostraba su sentido generoso, amable, idealista, con algo de Quijote deslumbrado  por estas tierras de volcanes y temblores.   

El escritor enfrentó a la Iglesia, pero tenía planta de párroco de pueblo, lleno de altruismo y sueños de una mejor sociedad.   Alcanzó la fama mundial en contra de la voluntad de sus colegas portugueses, que lo envidiaban, porque los ciudadanos comunes y sus lectores no podían sino sentir orgullo por su obra.  Fue un caso singular de hombre brillante y lúcido, que en su novela cumbre, El año de la muerte de Ricardo Reis, reflexiona sobre la muerte de manera sabia, interpretando el estado futuro como el del tiempo cuando ya no importen los pesos ni los pesadores.   Dice que la muerte debería ser un gesto simple de retirada, como cuando sale del escenario un figurante, no ha llegado a decir la palabra final, no era cosa suya, solo salió, dejó de ser necesario”, o en otro momento “el cuerpo evita cuando puede las incomodidades, por eso dormimos en vísperas de una batalla o de la ejecución, por eso, en definitiva, morimos cuando ya no logramos seguir soportando la violenta luz de la vida”.  Y toda la novela es la de un fantasma que vive como sombra de alguien que ya ha muerto, intentando no desvanecerse.

Saramago se valió de la figura ficticia de Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa, para recrear la historia de un poeta médico que retorna de Brasil a Lisboa en los años treinta, después de 16 años de exilio. Preocupado solo en la proximidad de la muerte, cuando Pessoa ya ha sido enterrado, y él, el heterónimo todavía anda por esas tierras, respirando y enamorándose.   

La novela cuenta una historia de amor sugestiva y casi perversa, pasional, con dos mujeres, una criada del Hotel Bragança, Lidia, y la joven Marcenda, bella y educada, que tenía la desgracia de un brazo tullido que se le había muerto de repente. La primera relación llena de culpa, y la segunda tímida y arrebatada.   Creo que la escena cuando el poeta acaricia el brazo impotente de su amada, es sorprendente y casi perversa, así como su insólita visita a Fátima esperando un milagro.

Esa vez, en la Antigua, fuimos invitados a cenar con Saramago en uno de los salones de la Compañía de Jesús, pero nos tocó ubicarnos en el extremo opuesto y apenas hubo chance de saludarlo un instante, pero fue suficiente.   Aquí estaba en persona el autor mortal, cuando relación de amistad era con su obra, desde aquel mediodía en San Pedro Sula, cuando compré sin saber nada del autor la novela ‘Historia del cerco de Lisboa’, tras cuya intensa sorpresa leí de corrido el resto de su obra.    

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