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Libros

Dos novelas de Amin Maalouf


Viaje al centro de los libros.

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Amin Maalouf (Beirut, 1949) se exilió en Francia en 1976 debido a la guerra civil libanesa, y 10 años más tarde, tras haber vivido múltiples experiencias como reportero de guerra y pulirse en la crónica periodística, publicó su primera gran obra: ‘León el africano’, una novela histórica de extraordinario éxito que se tradujo a múltiples lenguas y es apreciada particularmente en español, porque la primera parte se desarrolla en Andalucía, donde narra la caída y expulsión de los moros de la Península Ibérica en los tiempos del llamado descubrimiento y conquista de América.   Los castellanos están empoderados y expulsan del reino a moros y judíos, que no comprenden el motivo de la pérdida de su hogar, de las tierras de sus ancestros, de sus ríos y ciudades, pero tienen que elegir entre iniciar la vida errante o convertirse al cristianismo para permanecer en sus casas, fingiendo y siendo menospreciados.   

El narrador protagonista es León, basado en un personaje histórico, Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, quien cuenta el viaje de su vida desde niño, con evocación nostálgica por la ciudad de Granada, desde su salida al destierro, y el viaje fabuloso por Fez, el Cairo y Roma, deambulando sin raíces, adaptándose, soñando con un regreso imposible a su tierra, cargado de sentimientos de culpa, porque en un afán ético de impedir por ejemplo que su hermana termine en el harem de un viejo vicioso y asesino, le arruina la vida y la envía a un leprosario, de donde será salvada por un amigo de infancia que le significará a él un nuevo destierro.  

El tiempo entonces corría más lento, viajar llevaba años, y todo mudaba, pero la nostalgia por Granada permanece presente siempre.  

La novela mezcla eventos históricos con ficción y es una delicia, escrita con claridad, lucidez e inteligencia, como para la lectura de adolescentes, porque es un alumbramiento permanente, sin dificultades y sorpresa constante.   A veces se siente como liviana, pero esa es su gracia, y en ella está el germen de la preocupación esencial del autor premiado con una silla en la Academia Francesa (la que ocupó previamente Claude Levi-Strauss), que 25 años más tarde se completó con otra novela deslumbrante, ‘Los desorientados’, que trata sobre la diáspora de intelectuales: “los más listos son los que se fueron.  Vas a sitios preciosos, vives, trabajas, te lo pasas bien, descubres el mundo.  Luego vuelves, tras acabar la guerra.  Te está esperando tu antiguo país.  No has necesitado disparar ni un tiro ni derramar una gota de sangre. E incluso puedes permitirte no estrechar las manos que se ensuciaron”.   De manera menos bucólica vuelve al tema esencial de ‘León el africano’, evocando la dispersión de jóvenes amigos que no distinguen entre ser cristianos, musulmanes o judíos, y que pierden el hogar por la guerra y los idealismos cerrados.   El narrador vive en París, otro en los Estados Unidos y un tercero en Brasil, y están los que se quedaron y aguantaron, siendo uno de ellos, un moribundo, quien los reúne.    La novela es electrizante, reflexiva y revuelve culpas. ¿Quién puede juzgar al que se marchó o a quienes se quedaron?  Hechos externos los separaron.

La novela es la historia de desterrados, expulsados de su tierra que se adaptaron a otros espacios, y que retornan a despedir a quien transó con el poder, que permaneció como los conversos de Granada en ‘León el africano’, descubriendo que “Nuestro destino es que nos traicionen nuestras creencias, nuestros amigos, nuestro cuerpo, la vida, la historia…”    

En su primera novela Maalouf planteó el destierro como aventura, y en ‘Los desorientados’ la memoria final, como cansancio, porque deja un terrible sinsabor en el paladar:    “Ya he tenido mi cuarto de hora de melancolía.  Vine, vi y me llevé un chasco.   Ahora, en marcha”.

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