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Libros

La obra hace al autor


Viaje al centro de los libros.

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La Literatura como arte descansa en la obra misma y no en sus autores, que son apenas referencia de maternidad.   Los autores desaparecen, mueren en el mundo concreto, mientras que las obras extraordinarias pueden extender su presencia por muchísimo más tiempo, siendo seres ideales que se construyen en la realidad. La obra es independiente del autor, cobra vida propia, y no todo lo que brota de una misma inteligencia sobresale igual. Primero pensamos en el ‘Quijote’, y solo después, quizá, en Cervantes, que apenas interesa a algunos curiosos, pero se podría hacer desaparecer sin afectar en nada la experiencia artística. La obra literaria es como los hijos, son ellos quienes suenan, desaparecen o se elevan en aprecio ante la sociedad, no importa tanto la madre; en la obra de arte no siempre llega al público la autoría ni el apellido materno, ni se pregunta al respecto ni se conoce ni interesa.   El autor se esfuma porque es mortal, como ha sucedida tantas veces con los anónimos, con obras como ‘Las mil y una noches’, porque lo único que importa es el resultado, las historias en sí, que cuenta la brillante e ingeniosa Shéhérazade al Califa, para evitar que al amanecer le corten la cabeza, como era la costumbre, ante el deseo por el suspenso de continuar escuchando la narración.    Lo que aplica como metáfora de lo que sucede entre el lector y la obra, si no se da la magia, cae la cabeza del contador de historias al momento de abandonar la lectura a medias.    

Es por ello que no es lógico ni razonable la forma como la academia analiza o busca clasificar la literatura partiendo de los autores, con obra o sin obra, partiendo de accidentes fortuitos, como el país de origen o la nacionalidad, lo que no siempre corresponde al tamaño de la obra ni al medio, que es el océano del idioma, porque la sensibilidad en ruso dista tanto del español como su música, incluso las traducciones son pura interpretación, un abordaje más o menos desenfocado que resulta mejor o peor que la creación auténtica.    

Se puede clasificar por forma: cuento, novela, lírica, drama, diálogo, no ficción, crónica, diario… etcétera. Allí hay terreno fértil, y a partir de la obra nos extendemos por las dimensiones del espacio y tiempo, pero no a la inversa.  Las clasificaciones de moda por autor son moralizantes, dictatoriales y discriminatorias, porque se desdeñan obras estupendas por los vicios o ideas de los autores.    Hay países en los que se prohíbe la venta en librerías la distribución de obras de autores machistas, censuradas por comentarios ideológicos diferentes a los autorizados por el imperio de las minorías o por prejuicios del mercado de consumo, que dictan lo que se espera de un autor, más allá de la exigencia que el gran público demanda de la obra. La literatura se admite como arte si conduce a una experiencia de asombro, encanto, entendimiento y trascendencia, sin importar género, afiliación política o creencias. A los autores se les reconoce por la obra escrita, no al revés. La autoría es un detalle posterior, una inquietud por informarse del origen humano, o un asunto legal para regalías temporales y herencia.  Ocurre igual en todo lo que es arte, la autoría está sujeta a la obra. Se pasa de la maternidad a convención.    Pero entre el autor y la obra, manda la obra. Es por ello, que parece innecesario gastar tantos arrebatos en clasificar a la literatura por nacionalidad, género, etnia, color de piel o demás atributos accidentales de sus autores. O cualquier día de estos llegaremos al extremo de tener un esqueleto vacío de estructuras de literatura escrita según discapacidades, por estatura, de gigantes o enanos; o de peso pesado, crucero, wélter, junior, pluma, gallo, mosca o minimosca como en el box. Porque ordenen como ordenen es erróneo si se plantea desde la dimensión del autor, porque la única medida lógica es la obra.

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