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Libros

Tres tristes tigres en La Habana


Viaje al centro de los libros

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Hace la bicoca de veinte años, lo que para el tango no es nada, conocí en Cuba de manera superficial y por apenas un instante a Leonardo Padura. La experiencia se limitó a un apretón de manos y una conversación trivial, en una actividad cultural acompañado por tres tristes tigres gentiles y amigables, escritores que se habían propuesto mostrarme lo mejor de la Isla, y con quienes anduve por el Malecón habanero caminando, en la Feria del Libro en un histórico fuerte colonial, en obras de teatro en los barrios, en un jubiloso ritual de santeros fuera de agenda oficial, en una casa a donde se ingresaba por la protección de plumas y yerbas ante un altar de piedras para bailar al ritmo de tambores frenéticos; pero que no pudieron unirse al fin de semana en Varadero. 

Los tres anfitriones eran buenos amigos de un autor local de moda, que era quien estaba realmente encargado de llevarme a las actividades, pero como era tan popular lo reclamaban y apartaban las mujeres para hacerle preguntas sobre si era ficción o verdad los hechos pornográficos que relataba en sus novelas. Conversaba con los tres tristes tigres sobre cómo medir la distancia entre La Habana y Santiago, en relación al tiempo de llegada según el medio de transporte, cuando ingresó al centro cultural un escritor sencillo, con pantalones vaqueros naturalmente desteñidos, camisa de botones y manga corta, que me pareció entre tímido y cauteloso. No hubo tiempo de profundizar sobre sus novelas de Manuel Conde, porque los tres tigres en alerta me impidieron continuar la conversación apartándome para advertirme que a Padura no le pusiera mucho caso, porque él no era uno de ellos. 

Años más tarde leí con pasión ‘El hombre que amaba a los perros’, y lamenté no haber aprovechado entonces para escuchar algo más de quien con los años se convirtió en revelación, a quien la revista ‘Casa de las Américas’ dedicó un número íntegro, pasando así finalmente a ser sin duda uno de ellos. Pero me conformo pensando en lo mucho que disfruté la amabilidad de los tres tristes tigres. He leído de allí en adelante todas las novelas de Padura, y la más reciente, ‘Como polvo en el viento’, de un tirón en los días del feriado, con una extraña sensación que me cuesta conciliar. 

La novela cuenta la vida de un grupo de amigos, el Clan, que sufre el aparente suicidio de uno de sus integrantes, hecho que los disgrega, la mayoría parte al destierro en la diáspora, siempre aferrados a la Cuba perdida, y fluye como faltando algo, pero al final conmueve a lectores como protagonistas, al revelarse la verdad. 

Padura construye caracteres que se quedan grabados en la memoria, sin pretensiones, con sencillez y claridad, afectando emocionalmente y haciéndome pensar en el destino de los tres tristes tigres, que quizá se quedaron o marcharon de Cuba, porque ya no supe nada ni recuerdo sus nombres. Lastimosamente no conservé el contacto, salvo una leve sombra memoriosa.

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