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Libros

Retrato de Ubico según su Secretario


Viaje al centro de los libros.

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La literatura depara memoria u olvido a los autores, pero la obra impresa queda abierta al lector. Entre los nombres prácticamente olvidados está Carlos Samayoa Chinchilla (1898-1973), autor de cuentos de la época criollista, cuyo libro ‘Madre milpa’ (1934) fue saludado en su reedición del 14 de diciembre de 1950, por Miguel Ángel Asturias como “Pureza mental y sentimiento sano son sus determinantes esenciales”, y por Rafael Heliodoro Valle porque “interpreta al hombre de Guatemala, hombre del trópico, melancolía y avidez, color y silencio”. De esa primera obra tengo presente el cuento de ‘La casa de los gigantes’, narración de finales del siglo XIX, porque describe el tercer patio de la que fue casa de mis abuelos, se troceó y aún conservo una octava parte. No estaba en los cuentos su magia, pero encontró su destino de escritor luego de dedicar la vida al servicio público, porque fue Secretario General de la Presidencia del mandatario Jorge Ubico, a quien por cierto no le gustaban los escritores. Samayoa estuvo a su lado doce años, y de dicha experiencia surgió décadas adelante un libro que publicó en 1967, seis años antes de su desaparición física, titulado ‘El dictador y yo’, donde dejó plasmada su propia imagen. Muy por encima de sus cuentos, en esta obra logró la gran pieza, porque retrata a Ubico con admiración por el logro de metas y resentimiento en los momentos íntimos, pasando por la racionalización del rechazo a un Gobierno que se sustentó en el miedo y el servilismo.

El general Ubico es descrito como un militar que “debía oler a pólvora”, duro de carácter, que buscaba en sus interlocutores la debilidad para quebrarlos de inmediato, que trataba con desconfianza a letrados y cachurecos y no perdía la autoridad ni cuando visitaba anualmente al Señor de Esquipulas, porque en lugar de arrodillarse como todos los peregrinos, él permanecía de pie en el atrio. En sus últimos años tuvo amantes regadas en empleos públicos y casas alquiladas, porque aunque no tuvo hijos “trataba a diario”. De sus creencias religiosas cuenta anécdotas divertidas, como cuando puso a la Guardia de Honor a buscar entre la grama del Campo de Marte, a medianoche, iluminándose con hachones de ocote, su medallita perdida de la Virgen de Zapopan. Era hombre poco sociable, para quien toda conversación debía enfocarse en la acción, y que para controlar a la gente hacía uso de los “orejas”, esa casta madre de los actuales colaboradores voluntarios, que se regó en la sociedad como una enfermedad, porque “espiaba el sirviente y espiaba el señor; espiaba la dama y espiaba la prostituta; espiaba el sacerdote y espiaba el maestro”. A sus empleados les exigía “olfato” para investigar y poner atención, provocando que todos desconfiaran de los demás, que fueran cuidadosos en lo que decían, porque cualquier impropiedad llegaba al Palacio volando. Su autoridad ocupaba todos los órdenes de la vida, y gustaba de recibir directamente las quejas de la población, siendo salomónico para resolver. Tenía al pueblo avasallado, y establecía el orden por la fuerza. Enviaba a prisión no solo a quienes lo atacaban sino “también a sus amigos y parientes; al conocido que lo había saludado a tal hora, en tal o cual calle, hasta quienes pensaban llevar a cabo un negocio o festejo”. Y a pesar de todo, la población le daba muestras de adhesión y elogio, besamanos, lisonjas que lo engrandecían. Opina Samayoa que “Los tiranos no nacen de las entrañas del mito… sabios, codiciosos y arbitrarios, sino que son los pueblos los que lo moldean a su imagen y semejanza”. Ubico negó beneficios a sus funcionarios, porque egolátrico pensaba que “el mayor provecho, para ustedes, mis empleados, está en la honra de haber servido a mi lado”. 

En esta obra logró Samayoa Chinchilla lo que no completó en sus cuentos, crear dos personajes, el del testigo, él, el narrador, y una versión de la figura mítica de Ubico, quien aún hoy provoca divisiones y enfrentamiento entre quienes lo evocan con admiración o repudio, el último dictador chapín, previo a la década revolucionaria. 

La obra se lee como una novela, como testimonio, como extraña memoria en la proximidad del poder, a veces con el tono resentido de quien fue admitido como tripulante en un barco que se hundió. Una apasionante aventura que explica las huellas de los afectos chapines y explora las vicisitudes de nuestra identidad.

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