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Libros

Sobre el genio y figura de Carlos Navarrete


Viaje al centro de los libros

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El novelista Carlos Navarrete es quetzalteco, amante de la música de marimba y de las cantinas con pino regado en el suelo de tierra. Es alegre, nostálgico, gran conversador, admirador del antiguo circo Navarro, cucurucho visionario, cliente del Mercado Central, y antropólogo. Uno de los chapines que se desarrolló en el exilio. Siendo muy joven tuvo que marcharse a México, país donde es figura notable. Eligió Chiapas para desarrollarse cerca de la patria, en un sitio arqueológico en las proximidades de la laguna de Montebello, por Comitán de Domínguez, desde donde apreciaba en las tardes la imponencia de Los Cuchumatanes perdidos. Allí tan cerca, detrás de los caros-azules-altos-montes de Diéguez Olaverri, estaba su familia y amigos. Aspira profundo para sentir el aroma que trae el viento. Las formas irregulares de las nubes le recuerdan las siluetas de los edificios de Xela, la estatua del león altanero, gente que circula por las calles menudas haciendo ese ruido que emula las notas musicales del Ferrocarril de los Altos. En esos días hacía a un lado notas, objetos, piezas arqueológicas, y se ponía a escribir cuentos. 

La literatura le permitió conservar fresca la memoria. Escribió un cuento donde en una cantina al aire libre se juntan varios sujetos a beber, todos van cubiertos con máscaras de moros y cristianos, la levantan un tanto para dar el trago y se vuelven a cubrir. En Guatemala se puede caminar desnudo por las calles sin cuidado, siempre y cuando se lleve puesta la máscara. La vergüenza radica en la identidad. El jugo del limón despide acidez, pero él lo escribe de una manera divertida, el mensaje va llegando por sí solo, como esquela sigilosa que alguien mete por debajo de la puerta.

Carlos Navarrete vive atado al hilo de la memoria, a los años de la Revolución de Octubre, cuando formó parte del Grupo Saker-Ti. Charlando evoca anécdotas de cuando Miguel Ángel Asturias fue arrojado a la pila por los estudiantes universitarios, tildado de ubiquista, rechazado por las autoridades nacionales de la literatura, aunque ya había sido descubierto y era admirado por estudiantes de Educación Media. A Luis Cardoza y Aragón lo recuerda dirigiendo a los nuevos artistas de Guatemala, ejerciendo el magisterio, recomendándole a un músico más disciplina y ejercicio, a un escritor que escribiera más y publicara menos, y a un pintor rebeldía. Tiene en la memoria la visita a Guatemala de un Neruda estalinista, que se negaba a sí mismo la factura de los ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’, obra que consideraba como el producto irresponsable de su juventud individualista. Su narrativa está plagada de historias de gitanos, de chistes de don chebo, de coplas de la época de la guerra y anécdotas chapinas nostálgicas. Es además un estudioso experto del Cristo Negro de Esquipulas, devoción que ha estudiado por décadas visitando todos los lugares donde se venera la imagen.Su novela insignia es ‘Los arrieros del agua’, una obra intensa, llena de memoria de nuestras raíces.

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