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Libros

Conversaciones de Monteforte Toledo y Goeritz


Viaje al centro de los libros

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Mario Monteforte Toledo fue un gran conversador, como se demuestra en su libro ‘Conversaciones con Mathias Goeritz’, una sabrosa experiencia donde el lector se transporta como espectador en medio del diálogo de dos intelectuales del Siglo XX que hablan en serio, que piensan sin límite, dando testimonio del tiempo que les correspondió. 

Por años, los amigos se reunieron frente a una grabadora y charlaron libremente. El ejercicio culminó en un libro original que publicó la Editorial Siglo XXI en México y que es una merienda gourmet.

Mathias Goeritz nació en Danzig en 1915, estudió pintura e historia del arte en Berlín, París y Basel. Durante la gran guerra se trasladó a Marruecos y luego a España, donde fundó la Escuela de Altamira. En 1949 llegó a México, país que se convertiría en su segunda patria. Es conocido por sus murales y sus esculturas monumentales, que levantó en los días de su amistad con Mario Monteforte Toledo, con quien disfrutó de tertulias envidiables, que se hicieron más frecuentes cuando al guatemalteco se lo alejó de la tertulia de los compatriotas debido a la aparición de su novela ‘Una manera de morir’.

Los dos amigos entablan un diálogo profundo sobre lo que les interesa. Son dos intelectuales que aman la vida y el arte. El artista de la plástica monumental está preocupado por la pérdida de la espiritualidad en el mundo, creyente dice que “reconozco el gobierno de una mística sobre lo que hago”. El escritor apasionado y descreído, dice que “tal vez no me deje ser lúcido el terror ilimitado que me da lo desconocido y también la amargura de no tener fe”. 

Desde perspectivas opuestas, atacándose, interrumpiéndose, discuten su postura sobre el arte. Mathias piensa que el arte “necesita mucho más fe que libertad”. Monteforte defiende la postura descreída diciendo “que no debemos soñar. Los sueños alimentan a los dormidos, pero devoran a los despiertos”. El lector es uno más en la sala, donde se sirven tequilas y nadie se preocupa por la grabadora indiscreta. Es tentador participar en el diálogo, con el poder del lápiz y las anotaciones en el margen.

Cada uno cuenta retazos de su historia personal, crecieron en tiempos del miedo. Hitler y el nacionalsocialismo, vivían escondiendo la ascendencia judía, hablando en voz baja por las calles. El guatemalteco en un colegio donde lo castigaban por leer novelitas embrutecedoras, hasta que el hermano le ensarta en el cuello un tenedor al fiero maestro que les pegaba. Los dos impresionados por los tiranos, tan pequeño se veía Hitler a su lado: “Y este es el señor por quién temblamos”. O Monteforte junto a Franco en Burgos, impresionado por la gallardía del dictador enano.

Juntos recorren el mundo hablando, los grandes viajes, los acontecimientos mundiales, los sitios sagrados, por el Muro de las Lamentaciones “encontré gente llorando y no me gustó; el llanto de los adultos produce un asco angustioso que recuerda nuestra impotencia frente al dolor y la humillación”, dice Monteforte. 

La visión del arte y la literatura es enriquecedora. Reflexionan sobre la importancia del ocio, la necesidad de los mecenas, la sensación de saber que “la literatura o el arte producidos en la miseria corren el riesgo de ser amargos y secos, como los venenos”. Es una obra donde se discuten las falsas modestias, la vanidad de los segregados sociales, la política, el anarquismo, la escultura y la finalidad de la vida. Un verdadero banquete de pensamiento y opiniones de dos intelectuales tan diferentes y tan parecidos. Nacidos en países diametralmente opuestos, de pensamiento distinto, amigos en el arte, entretenidos hablando de tópicos lúcidos e interesantes, lejos de las limitaciones de nuestra aldea.

Esta obra es, además, una especie de memorias sobre el pensamiento y la sensibilidad de Mario Monteforte Toledo, el libro que nunca completó de manera directa, pero que nos legó con el recurso del diálogo. Para muestra un botón sobre su infancia: “nunca me quitaban el suéter de lana; tuve institutriz, me conservaban limpísimo y me encerraban a las seis de la tarde. Conocí la luna la noche del terremoto de 1917; cuando andando los años viví entre los indios comprendí por qué les horroriza que se muera el sol. Las casas deshechas y los perros aullando entre las ruinas ayudaron a que se le perdiera el respeto a la propiedad privada”.

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