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Libros

La “historia de la eternidad” de Borges


Méndes Vides repasa en este texto sus impresiones sobre el último libro de Vargas Llosa y también su lectura de uno de los imprescindibles de Borges.

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Mario Vargas Llosa publicó en abril en España su ‘Medio siglo con Borges’ en plena pandemia, y recientemente en México, para la reapertura, que reúne las entrevistas y ensayos publicados a lo largo de su vida del autor sobre el genial argentino. Inicia con la entrevista en 1964 en París, cuando asiste como testigo a la famosa conferencia que lo impulsó a la fama, y está también la de cuando lo visitó en su departamento y escribió aquella sabrosa introducción describiendo su vida sencilla y austera, de asceta, que no le agradó en nada. Y otras más, hasta llegar al encuentro después de Borges, en el 2011, con la publicación póstuma de sus notas y comentarios breves en la revista para señoras ‘El Hogar’ (1936-39), donde escribía en sus años de desconocido, cuando gestaba su gran obra, que apareció de 1942 al 46, pero sería popular hasta dos décadas más tarde. El libro se lee de un tirón, y una vez agotado regresé a las primeras páginas cuando Vargas Llosa le pregunta sobre qué se siente con la popularidad de ventas en Francia, y Borges responde: “Recuerdo mi sorpresa y alegría  cuando supe, hace muchos años, que de mi libro ‘Historia de la eternidad’ se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares”.

En ‘Historia de la eternidad’, Borges reunió una serie de ensayos sobre su devoción por la trascendencia. El escritor saborea el placer por la combinación de asombro, entendimiento y trascendencia en la escritura, y manifiesta su predilección por el pensamiento idealista. Nada había para Borges más aburrido que el empirismo, o la escritura de sus contemporáneos existencialistas, por cuanto se limitaban a plantearse las cosas en un mundo finito, contingente, actual: el de la experiencia. Al escritor erudito le gustaba lo ideal, lo que solo existe en nuestra mente, que no pertenece al mundo concreto y es por lo tanto anuncio de la posibilidad de eternidad, como el entendimiento de la serie natural de los números, de unidades infinitas como lo es también la serie de los números impares, donde se concluye que la parte y el todo se equiparan. A Borges le gustaba el mundo de las ideas de Platón, e indudablemente Kant, le fascinaron Boecio y Shopenhauer, y llegó hasta Nietzsche, en cuya obra prodigiosa volvió a encontrar el mito del eterno retorno de los presocráticos.

A Borges lo que le interesaba era el éxtasis experimentando la sensación de lo sublime, ese término kantiano empleado para diferenciar la obra de arte de lo simplemente bello. Lo sublime se encuentra en Homero, o en los ensayos sobre ‘Homero’ de Thomas De Quincey, en la tragedia griega, ‘Las mil y una noches’, en el ‘Quijote’, o en las grandes catedrales, esas que nos impresionan por estar ante la maravilla de la naturaleza, contemplando una aurora boreal o las cumbres del Himalaya o un amanecer desde la cumbre del volcán de Agua.    Ante la inmensidad que nos refiere al infinito, a lo eterno (idea incomprobable creada por la razón), lo bello resulta pequeño y demasiado humano, como pasearse por un jardín agradable. Borges encontró sentido al abismo de la inmensidad, a la idea de permanecer, de no morir, porque a su juicio la muerte no es más que una experiencia estadística, y por lo tanto siempre existe la posibilidad de ser inmortal.

En el último párrafo del libro de Vargas Llosa, se rememora el momento en 1986, en Ginebra, cuando ya muy enfermo “sintió que se moría, dijo a María Kodama que, después de todo, no era imposible que hubiera algo, más allá del final físico de una persona”, e hizo llamar a un sacerdote católico y a un pastor protestante, para ser congruente con sus raíces.    En medio siglo con Borges vivimos nuevamente la emoción compartida en diferentes momentos de la vida de un lector, que empezó siendo aprendiz y continuó leyendo a Borges con el Premio Nobel de Literatura, el mismo que se le negó al maestro.

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