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Libros

Un encuentro con Augusto Monterroso


Méndez Vides recuerda a Tito Monterroso por medio de una anécdota que tiene un poco de todo: México, escritores, comida, bebida y literatura.

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En 1977 visité en el entonces Distrito Federal a Augusto Monterroso, en una ocasión formidable que guardo en la memoria con especial agrado. Recuerdo que llamé a la puerta de su departamento ocultando la timidez, y fue su joven y bella esposa, Bárbara Jacobs, quien me invitó a pasar adelante e incorporó a la tertulia con un grupo de admiradores chapines presentes, entre quienes estaba Arturo Arias.

El autor de la Oveja negra y del Dinosaurio se mostró ávido por saber de Guatemala, pero nosotros queríamos saber de él, de lo que estaba escribiendo, de lo que tenía en mente. Dijo poco, nos observaba y sonreía cuando proferíamos algún comentario provinciano o ingenuo. Confesó, en un momento de locuacidad, que él tomaba la escritura con mucha prudencia, como dudando siempre de su aparente condición natural, porque los peces no deciden serlo, y de poder quizá hubieran elegido ser arañas.

– La literatura no es cosa de querer cantar sino de tener buena voz, el don, eso es todo.

Por eso él cantaba poco, porque temía despertarse una mañana como Gregorio Samsa, para descubrir que sus lectores habían notado que el dinosaurio ya no estaba allí, que él no era el escritor que se le había atribuido ser, sino un sujeto común y corriente que estudiaba latín para leer a los clásicos con olor a incienso. Por eso prefería no hacer bulla ni publicar mucho, ni repetir género, ni creerse nada de lo que le decían quienes lo visitaban. Lo que le fascinaba era leer.

Como a las tres de la tarde, nos invitó a comer fuera de casa. Nos apretamos en su escarabajo clásico, como los taxis pero beige. El escritor de fábulas iba al volante, su esposa al lado y cinco escritores guatemaltecos apretados en el asiento de atrás. Barbas, zapatos suecos, caites, el tufo a sobacos. Entramos a un restaurante discreto, de los que en tiempos normales se dedican por acá a servir almuerzos ejecutivos. El sitio estaba repleto de gente de oficina, disfrutando del intervalo. Tomamos caldo de pollo y comida como de casa. El autor famoso no paraba de servirnos arroz de la fuente, otro poco de salpicón y tortillas de harina, pensando que tal vez nos harían falta las calorías más adelante, paternalmente.

–Lástima que las tortillas sean de máquina– dijo pensando en las gruesas de maíz amarillo de la patria.

Y se puso a hablar de comida, porque continuar con los libros le resultaba una pesadez. Fue amable y años más tarde me reclamó que no había pasado a saludarlo durante un viaje fugaz, pero cumplí aquí, cuando vino años más tarde a recibir honores. Era un escritor famoso, y fue sencillo, amable, y un día me llamó para informarme que había intervenido para que se publicara por allá un libro mío de cuentos, y que eso era todo lo que se podía hacer, porque de allí en adelante tocaba su turno a la suerte, lo que yo le agradeceré siempre. Se habían lanzado los dados al aire, nada más.

Esa tarde en México, con su obra autografiada me sentí realizado. No nos invitó a subir al auto de vuelta, porque tenía otros planes. Nos abandonó bien comidos en el estacionamiento, de donde fuimos a beber tequila a cualquier parte. Al principio nos tratamos entre nosotros con desconfianza, por la costumbre de chapines, pero nos unió la coincidencia en la casa de Augusto Monterroso un día memorable.

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