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Libros

Memorias de Luis Cardoza y Aragón


Méndez Vides escribe en este texto acerca de Cardoza y la relación de este con La Antigua de su infancia, esa ciudad señorial despoblada de inicios del siglo XX.

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La Antigua Guatemala que retrató Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) en su obra ‘El río: novelas de caballería’ luce tan silenciosa como la actual, aislada, sin turismo debido a la emergencia. El poeta hubiera disfrutado esa aparente ausencia y sin ruido durante el toque de queda, y padecido el miedo, pero se libró de la experiencia, amén de borrarla después tal y como sucedió con la gripe española. Nadie quiere volver con la memoria a una aflicción que duró tanto tiempo, sino librarse y espantarla. Los estragos del terremoto los mantuvo vivos, como le sucedió a Rafael Landívar, y aparece en sus poemas como evocación de lo terrible. La ciudad en ruinas tiene su deleite, pero el paso de la muerte por un virus no es atractivo ni se nota superficialmente. Pronto regresará la calma, y la ciudad esconderá las llagas de la pandemia para lucir el espectáculo del paisaje.

Cardoza vivió la infancia en La Antigua a principios del siglo XX, cuando era poco poblada y los habitantes se conocían entre sí, sumidos en casas amuralladas, con fachadas señoriales y rejas en las ventanas, una cárcel para los adolescentes que no podían apreciar el sentido de los jardines privados con rosales espinudos, frente a corredores de piso abrillantado con gas y techos frágiles de madera que cedía ante la peste de la polilla.

En La Antigua silenciosa escribió sus primeros versos y gozó a los autores modernistas escuchando el repique de las campanas del templo de San Francisco el Grande, como el lamento actual. Desaparecido por un tiempo el ruido de los autobuses chillones, camiones venidos de la costa que aplastan las calles empedradas con sus cargas de mercadería, y apagadas las bocinas de los visitantes domingueros.

Cardoza cuenta en ‘El río’, cuando transitaba por la calle asombrado por la música de piano que escapaba de una casa amiga, atento a las sotanas y a los mendigos, admirando el cielo azul y el sonido de los chorritos de agua en las fuentes y permanente en la pila, el olor de los azahares del naranjal de Valencia a mitad del patio, ese espacio que se extendía hasta las faldas de los tres volcanes, sintiéndose identificado con el coloso de Fuego. Se marchó a París porque ansiaba la vida cosmopolita, es más, se apodó ‘Ciudadano de la Vía Láctea’.

En Europa descubrió el vértigo surrealista, el gusto por la excentricidad y el escándalo. Su viaje interplanetario lo condujo a la pasión, pero nunca pudo arrancarse la referencia primigenia de su vida, y en ‘El río’ dedica una extensa sección a la ciudad colonial: ‘“Antigua ha ejercido en mí fascinación morbosa, claustrofobia me ha causado y sentimientos de soledad abisal y llameante, como toda soledad”’. El autor nos lleva de la mano por su Antigua íntima. Describe con fascinación las siete casas donde vivió y recuerda que entonces ‘“llovía como nunca”’. Es impresionante cómo narra el pasaje de la muerte, los trajes negros y el llanto de un velorio hogareño frente a la vida maravillosa que latía en las fincas de café encarnadas por el grano codiciado.

La Antigua aparece como el territorio donde todo estaba prohibido salvo la propiedad privada. Tiempos de represión y culpa, de pecado, de un pensamiento católico amparado en ‘“la cruz, instrumento de tortura y de muerte”’. La imagen del sepulcro del Santo Hermano Pedro fue su pesadilla. Quizá de allí proviene su afán literario por la profanación.

Luis Cardoza y Aragón, con y añadida por cuenta propia, escribió un libro inmenso donde el tiempo es el río y su ciudad natal el territorio de la monotonía donde se originó todo y donde nunca pasaba nada y, sin embargo, ocurrían cosas impresionantes, como la historia electrizante del club de los niños suicidas, los muchachos que decidieron matarse por hastío, juego o crueldad, o su memorable visita al padre en la cárcel donde estuvo recluido por diferencias políticas, y a su perseguidor en el Palacio, sintiendo náusea cuando al tirano Estrada Cabrera le hizo cariño en la cabeza.

‘El río’ es una obra inolvidable que a veces clara y otras impenetrablemente oscura nos conduce por la memoria de su vida.

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