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Libros

Augusto Monterroso, a las puertas de su centenario


Méndez Vides pone sobre la mesa un tema que debe tratarse en los ámbitos culturales venideros: 2020 es el año del centenario de Tito Monterroso. 

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Augusto Monterroso (1920-2003), Premio Príncipe de Asturias 2000, ocupa lugar preferencial como uno de los cuatro pilares de la literatura guatemalteca del Siglo XX, al lado de Miguel Ángel Asturias, Mario Monteforte Toledo y Luis Cardoza y Aragón. Escribió su obra en el exilio, fundamentalmente en México, su país adoptivo, pero marcado siempre por la esencia patria, por lo que vivió aquí en su infancia y adolescencia, siendo irónico y filudo, cuestionador de la condición nacional y paciente como nadie.

Cuentan que en los tiempos previos a la Revolución de Octubre, cuando iba de salida hacia México, pintó en una pared un mensaje desgarrador que quizá nadie notó, porque algo pintaron encima o lo borró la lluvia: “No me Ubico”.

Monterroso nació en Tegucigalpa el 21 de diciembre del 1920 y falleció en la ciudad de México el 7 de febrero de 2003. Hijo de padre guatemalteco, vino al país de niño y aquí estudió y se formó hasta que tuvo que partir al exilio en los días revueltos por las acciones en contra del dictador.

Su obra supo ser apreciada por grandes figuras como Borges o Cortázar, que se expresaban de nuestro escritor con gran afecto y admiración. Fue más que un autor de culto, aunque siempre dudó con sabia prudencia, y se tardaba mucho en publicar temiendo que a la siguiente alguien demostrara que no era válido lo que se había expresado antes de su obra.

Su afición por las fábulas vino de su lectura de los clásicos en nuestra Biblioteca Nacional, que era tan pobre que solo buenos libros tenía, como las obras completas de Montaigne, Samaniego, o los clásicos del Siglo de Oro, como Quevedo.

Su primer acierto se tituló ‘Obras completas y otros cuentos’, publicado en México en 1959, y luego vinieron ‘La oveja negra’, ‘Movimiento perpetuo’, ‘La vaca’, y ‘Los buscadores de oro’, entre las principales.

Este año se festeja el centenario de su nacimiento, lo que indica que ya deberíamos de estar organizando ciclos de lectura, exposición y levantarle un monumento, para reavivar el interés en quien supo con la palabra cuidadosa hacerse un espacio en el mundo en nuestro idioma.

En sus últimos años de vida vino al país a recibir homenajes, y fue agradable ver cómo lo rodeaban tantos admiradores, y para él como una reconquista, pero cuando le pidieron un libro para su publicación, ofreció la traducción al latín de sus fábulas, y para su encanto, así sucedió. Se fue de la patria pensando que al menos su obra estaba en el lenguaje muerto de Rafael Landívar, como una consideración sublime a su papel de escritor nacional.

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