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Libros

De regreso a la izquierda erótica


La revista colombiana Arcadia en su lista de los cien libros en español escritos por mujeres en los últimos cien años, ha escogido Poemas de la Izquierda Erótica de Ana María Rodas como uno de los más importantes de las últimas décadas.

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Hace casi una década la escritora nicaragüense Gioconda Belli publicó una novela en la que las mujeres conseguían no solo tomar el poder, sino cambiarlo. Pertenecían a un partido de nombre PIE que en su programa llevaba medidas para hacer realidad un nuevo sistema global, el Felicismo. En el centro, las personas, los cuidados, la vida buena, la felicidad de los gobernados, cosas de las que se habla mucho ahora. Todas las ideas eran de Belli, que siempre se ha distinguido por su compromiso político –desde la izquierda–, pero el nombre del PIE, siglas que significan Partido de la Izquierda Erótica, era todo un homenaje a otra mujer escritora de un país cercano al suyo. Ana María Rodas, guatemalteca, había publicado en 1973 un poemario titulado Poemas de la izquierda erótica que ya a finales de esa década Belli y otras mujeres habían utilizado como bandera de sus reivindicaciones.

Rodas no había fundado un partido político ni un nuevo sistema, pero contribuyó a un cambio en Guatemala. A la escritora, a la que por supuesto le cayeron unas cuantas críticas horribles por atreverse a hablar del deseo y el sexo de las mujeres de manera explícita, a dirigirse a sus amantes de tú a tú y echarles en cara algunas cosas, a reconocer en público lo que vivía –nada que ver con la “actitud de vírgenes” y las sonrisas “femeninas inocentes” que menciona en algunos versos–, se la reconoce desde hace mucho tiempo como una precursora de la literatura feminista en su país y en español. Por entonces, si una era poeta, era poetisa, a saber, comedida, suave y si hablaba de pájaros y flores, pues mejor que mejor. Pero ella hizo referencia a glándulas y neuronas, a esperma y pechos, a rítmicos movimientos, a encuentros y rupturas, a rabia también. Ya de antemano sabía lo que podía esperar, así que se curó en salud y escribió “De acuerdo,/ soy arrebatada, celosa,/ voluble/ y llena de lujuria. / ¿Qué esperaban? ¿Que tuviera ojos,/ glándulas,/ cerebro, treinta y tres años/ y que actuara/ como el ciprés de un cementerio?”. Esta declaración de intenciones es uno de los poemas de ese famoso libro que ahora recupera la editorial madrileña Papeles mínimos.

Contra el sistema

Lo suyo no fue solo escribir sobre su deseo y su libertad y contra la idea de mujer que se tenía (no solo) en su país, sino también contra un sistema que oprimía, censuraba, asesinaba a mucha gente, independientemente de su género. Rompió tabúes sexuales, pero también se enfrentó a la falta de libertad de la comunidad –la última parte del poemario se centra en esto– y posteriormente se enfrentó a las normas sociales en cuanto a razas y clases. Hay que pensar en la Guatemala de esos años: regímenes militares, campañas antiterroristas, grupos paramilitares, guerra al comunismo y a la reivindicación de derechos de los indígenas, que eran la personificación del mayor obstáculo a la extracción de recursos mineros… La denuncia de la violencia contra el pueblo, del silenciamiento de la gente, está reflejada en estos poemas de la izquierda erótica que se duelen de la falta de libertad y de la muerte.

Ana María Rodas nunca se exilió, aunque como muchos de sus compañeros y amigos que denunciaron la situación de su país tuvo razones. De los que no se fueron, alguno acabó muerto o borrado del mapa –de 1960 a 1996 se calcula que hubo un cuarto de millón de personas muertas o desaparecidas en el país–. Ella, como madre de tres hijas adolescentes (se había casado por primera vez a los 18 años), no se veía comenzando de nuevo en otro sitio que no fuera la ciudad en la que nació en 1937. En aquella época dejó de ser reportera –se la considera la primera de Guatemala– para pasar a trabajar en la Embajada francesa, una tarea algo más resguardada. Y es que Rodas fue una periodista adelantada: empezó siendo apenas una cría, con 15 años, y durante mucho tiempo fue cronista y columnista. Después, dirigió la sección cultural de un semanario y dio clases de Periodismo en varias universidades. Cumplidos los 40, se puso a estudiar Literatura.

En el año 2000 reconocieron su trayectoria con el Premio Nacional Miguel Ángel Asturias, cuando ya en algunos países de habla hispana le habían rendido honores mucho antes. Durante unos meses, entre 2015 y 2016, ella misma estaría al frente de ese Ministerio de Cultura y Deportes de la República de Guatemala que le dio el premio quince años antes.

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