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Insólito

Los inusuales espías formados en la CIA


El pájaro fue por mucho tiempo una figura central de un programa que la CIA utilizó durante la Guerra Fría en su lucha contra la Unión Soviética.

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A comienzos de 1974, Do Da era el primero de su clase de espionaje y en camino a convertirse en agente de la CIA de alto vuelo: tenía un mejor desempeño cuando estaba bajo presión, podía cargar más peso que los demás y escapar de quienes lo atacaran.

Pero cuando fue sometido al examen más difícil de su entrenamiento desapareció tras ser vencido por dos ejemplares de su misma especie: cuervos.

El pájaro fue por mucho tiempo una figura central de un programa que la CIA utilizó durante la Guerra Fría en su lucha contra la Unión Soviética. El pasado jueves, la agencia de inteligencia publicó decenas de documentos sobre programas de entrenamiento de gatos, perros, delfines y pájaros a los que pretendió emplear como “espías”.

La CIA analizó la manera de utilizar gatos como escuchas itinerantes –“vehículos de vigilancia de audio”– y colocar implantes eléctricos en el cerebro de perros para ver si podían ser controlados a la distancia. Pero los programas no llegaron lejos.

Más envergadura tomaron los experimentos con delfines, que fueron entrenados para convertirlos en potenciales saboteadores y espiar a los submarinos nucleares soviéticos, acaso la mayor amenaza para el poderío estadounidense a mediados de los años 1960.

Los proyectos Oxygas y Chirilogy apuntaron a determinar si los delfines podían ser entrenados para reemplazar a los buzos humanos y colocar explosivos en barcos amarrados o en movimiento o escabullirse en los puertos soviéticos con el fin de depositar balizas acústicas o instrumentos de detección de misiles. También estos proyectos terminaron siendo abandonados.

Pero lo que acaparó la imaginación de los responsables de la CIA durante la Guerra Fría fueron los pájaros: palomas, halcones, cuervos, búhos e incluso ciertas aves migratorias.

La CIA llegó a reclutar a ornitólogos para que determinaran cuáles aves migratorias pasaban una parte del año en una región situada al sureste de Moscú, en Chikhany, en la que los soviéticos disponían de fábricas de armas químicas.
La agencia percibía a los pájaros como “sensores vivos” que, sobre la base de su alimentación, podían revelar en sus entrañas las sustancias que los soviéticos estaban experimentando.

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