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El Acordeón

Muerte, lodo y alcohol en Santiago Sacatepéquez


“Cruzo el portal del cementerio. La lluvia ha convertido el suelo de tierra en una pasta negruzca donde se mezclan flores pisoteadas con hojas de tamal, rajas de ocote húmedo con cenizas y pepitas de jocote con latas de cerveza vacías”. El escritor Leonel González nos ofrece una crónica sobre el Día de los muertos y los barriletes de Santiago Sacatepéquez.

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La última noche de octubre llovió sin parar. Nunca llegó a ser un aguacero pero bastó para anegar el suelo de tierra del cementerio de Santiago Sacatepéquez. Parecía que las nubes se hubieran propuesto exprimir todo lo que les quedaba antes del primer amanecer de noviembre. 

Ya se sabe que el tráfico será muy pesado esa mañana: miles de visitantes acuden a ver los barriletes que el pueblo iza en memoria de los difuntos. Lo mejor es llegar temprano y en transporte público. En auto propio habrá que hacer un par de horas de fila, además de cruzar los dedos por encontrar espacio en los estacionamientos que cada año resultan más escasos. 

Son las ocho y el cielo continúa gris cuando el autobús me deja en la entrada del pueblo, a dos kilómetros del cementerio. Los recorro en medio del mercado que se instala en plena calle, donde los comerciantes, bostezando aún, colocan su mercancía sobre petates y pliegos de nylon. Hay cerámica que va desde un pajarito del tamaño de un maní hasta ollas capaces de alojar dos gallinas, costales de maíz amarillo y negro, postas de cerdo que aún chorrean sangre antes de llegar a la parrilla, ropa nueva fabricada en maquilas y ropa de uso importada en pacas, además de pitos, yoyos y capiruchos. 

La avenida se va haciendo más estrecha según avanzo, tanto arriba, donde las láminas y los toldos parecen tocarse la punta de los dedos, como abajo donde los petates y los nylon alfombran dos tercios del ancho de la calle. 

Escalo una pequeña loma para alcanzar la explanada del cementerio. Aquí hay varias carpas gigantes que albergan sillas y mesas plásticas. Hay un par de clientes sentados que luchan por mantener la cabeza erguida y no clavar la frente sobre la botella de cerveza que tienen sobre la mesa desde hace horas. Frente a las carpas se ve una fila de mujeres, todas detrás de un canasto donde arropan su cargamento. Según van vendiendo, sacan producto para colocarlo sobre la parrilla que, además de calentarlas para combatir la humedad que nubla las calles, les sirve para mostrar los chuchos, chepes y tayuyos. Pido uno de estos últimos después de mucho tiempo sin probarlos. Siento que las muelas se me aflojan al morder la superficie caliente y dorada, crujiente tras los minutos sobre las brasas. Termino de comer y pido dos más para llevar. Los pongo en mi mochila y busco algo caliente para beber. Encuentro una olla de café de cereales, hecho de maíz también, con gusto más ligero y (para mí al menos) más sabroso que el café tradicional. 

Con el estómago lleno vuelvo a dar una vuelta en la explanada. De fondo, y sin delatar su origen, se escucha un son tradicional acompañado de una chirimía tímida, pidiendo permiso entre las torres de bocinas que se han instalado para amplificar a los conjuntos de marimba que, acuerpados ambos por congas, saxos y trompetas, disputarán un mano a mano en la tarde. Por dicha todo el equipo está apagado ahora. 

Cruzo el portal del cementerio y se acaba el adoquín. La lluvia ha convertido el suelo de tierra en una pasta negruzca donde se mezclan flores pisoteadas con hojas de tamal, rajas de ocote húmedo con cenizas y pepitas de jocote con latas de cerveza vacías. Hay muchos charcos al paso: algunos huelen a lluvia, otros a cerveza, y como siempre que aquella fluye, se respira vapor de orina. 

La melcocha que se forma sobre el lodo contrasta con los tonos de las tumbas, mucho más vitales que en cualquier camposanto ladino. Hay celestes, amarillas y rojas, coronadas casi todas con lápidas que simulan ser de mármol o jade y que están protegidas con rejas de hierro para evitar que el robo las convierta en sepulturas anónimas. 

Algunas tumbas tienen floreros de barro o de plástico, y otras improvisan con ladrillos excavados o latas vacías. El colorido es caprichoso, igual que la construcción de los mausoleos. La disposición parece inspirarse en la arquitectura de remesas que se ve cada vez más en todo el país. 

***

Luis Cardoza y Aragón, acaso el antigüeño más ilustre del siglo pasado, describía a Santiago Sacatepéquez, como “un pueblo alto y frío, lleno de milperíos, pinos y encinares”. Lo constato mientras reconozco la ubicación del cementerio municipal. Abundan los cerros cubiertos de plantaciones de arveja, ejote y lechuga, motor de la economía local que se mantiene a flote con las decenas de camiones que salen cada madrugada para surtir los mercados dentro y fuera del país. 

El cementerio ocupa cinco o seis manzanas cercadas con un muro ficticio, tanto por su altura que permite saltarlo sin esfuerzo, como por la cantidad de agujeros que lo perforan para pasarlo apenas agachándose. Termino el círculo visual sobre las montañas y veo, en un campo de ejote vecino, un círculo de gente muy tupido donde todo el mundo cuchichea. El rumor atrae a los curiosos, incluyéndome. Me acerco, pero el tumulto me impide ver de qué se trata. Vuelvo a alejarme y subo al muro perimetral del camposanto donde alcanzo a ver, al centro, un bulto cubierto por una manta blanca, con varios envases de aguardiente alrededor. Un cadáver fresco entre tantos muertos rancios. 

La muerte de un borracho durante las fiestas es un rasgo que no sorprende a nadie. Nostálgico y sufriente por naturaleza, el guatemalteco añora la festividad de su pueblo, o el jolgorio de fin de año, para emborracharse pensando en los seres queridos. 

El alcohol se convierte en un mástil. No bastan dos copas: hay que aferrarse al vaso hasta olvidar nombre y dirección, perder la cartera con los documentos, el teléfono celular y todo el dinero que se traiga encima; si no se alcanza esa cuota de embriaguez, es como no haber bebido ni una gota. 

Existe también, aunque es una rareza, otro borracho: el místico y silente. Es aquel que llega, se sienta sobre la tumba, bebe, suspira y vuelve a beber. Deja escapar algunos minutos con los ojos fijos en el cielo y se marcha sin hablar. 

***

La lluvia amenaza con estropear la jornada, pero al final desaparece. De a poco el sol empieza a desperezarse. Los muchachos salen de la modorra mañanera y redoblan esfuerzos. Son adolescentes casi todos. Lucen ojerosos y despeinados, y todos, sin excepción, tienen los codos, rodillas y las palmas cubiertas de lodo. Bromean y hacen chistes, pero mientras avanza el reloj la cordialidad va sustituyéndolo por la tensión. La gente sigue llegando. Son familias enteras, arropadas con abrigos elegantes pero para nada impermeables. La excepción son las mujeres que portan niños en su regazo. Ellas se colocan, en forma de capa, un nylon fucsia atado al cuello que les cubre al niño en la espalda. 

La mecánica es constante en cada equipo. Son unas diez personas, casi todos varones, alrededor de un círculo y una maraña central, ambos hechos de caña de bambú trenzada. El ensamblaje final, que ha empezado en la tarde previa, se da sobre una maraña atada con lazos muy resistentes y kilómetros de cinta adhesiva. Abundan las sierras, clavos y martillos para empalmar cualquier desajuste. La fricción de las cañas produce un ronquido que llena el ambiente. Las torres de mausoleos vacías, con su cuadrícula de cincuenta por cincuenta centímetros, sirven de casillero para guardar los insumos, tanto materiales como alimentos y bebidas. 

Cada barrilete lleva meses de trabajo. Existen comisiones encargadas del diseño. Otras escogen colores, preparan los pliegos de papel parafinado, y luego los extienden para conservarlos como un pergamino de diez metros. Todo esto lleva a un costo promedio de tres mil dólares por cada unidad. Hasta ahora solo se ve el reverso de cada barrilete: un nudo de cañas sobre un papel blancuzco que no permite distinguir los diseños que todavía esconden su rostro contra el lodo. 

***

Once de la mañana. Los abrigos van cayendo al suelo para servir de asiento sobre los mausoleos que, por su elevación, son las plataformas ideales para ver el espectáculo. Entre los visitantes, de a poco van dejándose ver muchos barriletes pequeños animados por el ventarrón. Unos se levantan al primer intento mientras otros se rasgan, sobre todo los de mayor superficie. Un cielo demasiado despejado puede resultar desfavorable. 

A pesar de que ningún equipo quiere ser el último en elevar, de a poco se va percibiendo un orden tácito que permite apreciar uno a la vez. El mediodía se acerca y el cielo se ha tornado luminoso. El sol se impone y el viento gana potencia para barrer las nubes que amenazaban con empapar la jornada.

Una voz se impone en medio del núcleo y dice “vamos”. La mitad de los muchachos se agrupan en torno a dos cuerdas gruesas que sirven para jalar la armazón, mientras que la otra mitad se desliza debajo para empujar. El traqueteo de las sogas contra la caña aumenta a medida que el papel va separándose del suelo. “Vamos, cerotes” exclaman los muchachos, “con huevos”. El peso parece vencerlos. Lo dejan caer y vuelven al punto cero. El más pequeño de todos escala un palo con agilidad y asegura el mecanismo de polea. Se desliza para dejarse caer y se suma a los que tiran de las cuerdas. Vuelven a pujar y maldecir con más fuerza y esta vez da resultado. Gradualmente se extiende un mosaico multicolor donde se leen dedicatorias a vecinos fallecidos y mensajes bíblicos. Cuando el barrilete se acerca al ángulo de cuarenta y cinco grados, el equipo que empuja desde abajo corre para sumarse al que jala y entre todos alcanzan la posición vertical. Apenas rebasa el ángulo recto y el esqueleto de bambú se recuesta un poco más para apoyarse en las varas que servirán de apoyo durante las horas de exposición. Hay aplausos y gritos, chiflidos de alegría. El viento arrecia y se filtra por el borde del círculo, cerca de las cinco de la tarde. Los equipos reconsideran su estrategia teniendo en cuenta la dirección del viento. Arrastran sus naves para acomodarlas a la corriente y todos logran elevar su barrilete sin contratiempos. 

***

Más allá de la multitud de turistas, de los cientos de fotógrafos y de corresponsales de muchos países, una buena proporción de los asistentes no parece enterarse de que están en un evento de categoría mundial. Muchas familias se sientan sobre una tumba, algunas de espaldas a los barriletes. Suelen contar con varios miembros. Las mujeres dejan caer su perraje sobre el lodo y encima se sientan papá y los hijos varones. Mamá e hijas colocan los canastos sobre el suelo y de a poco van desarmando los bultos para servir el pollo, los chicharrones y el muñeco de tortillas mientras los hijos desenroscan la tapa del triple litro de gaseosa. Papá, sin apuro, decapita un envase de aguardiente blanco y, previa libación con los ancestros, se lo lleva a la boca para tragar todo el contenido de un pestañeo. Hay quienes traen a su perro; ninguno ladra. Estas familias no vienen por los barriletes; da igual si los ven o no. Comen sin hablar y fijan la mirada en el cielo, comportándose a la altura de la celebración. Aquí comulgan, como pocas veces en el tejido tan fragmentado del guatemalteco, aquellos que están sobre la tierra con los que están debajo: los que ven los barriletes del suelo hacia las nubes y quienes los contemplan más allá del horizonte.

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