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El Acordeón

Downton Abbey (la película) o el goce de ser lacayo


Desde sus comienzos renacentistas el mundo moderno se ha preocupado mucho por la libertad, se ha entendido que la libertad es el primer bien y el fundamento de todos los restantes bienes de este mundo; que la libertad ha sido como la espina dorsal de nuestra época.

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Comencemos de una forma anecdótica, a ver si es posible terminar de la misma manera.

Hace poco más de veintiún siglos nació un niño en el Oriente Medio; si las cosas fueron como se han contado, debemos confiar en que dicho nacimiento ocurrió en medio de un viaje penoso y una noche de frío; el hecho es que desde el arribo de este niño al mundo las cosas han mostrado una orientación marcada y muy particular hacia los más desfavorecidos y menos visibles; por ese rumbo fue, según se cuenta, que los primeros en presenciar el evento fueron unos pastores muertos de frío quienes, al ser avisados por un ángel y/o una estrella, acudieron al establo desvencijado en donde había tenido lugar el alumbramiento.

Desde entonces o, a lo mejor desde antes, aunque claramente desde aquel acontecimiento del año cero, la libertad comenzó a ser una noción difícil, polémica, confusa, porque ser libre pudo coincidir con poner la otra mejilla, con ser manso, ya se sabe, ser libre es como ser bienaventurado y esos son los que lloran, los que tienen hambre y sed, los humildes, los perseguidos, los pobres, aquellos que tienen sed de justicia.

De acuerdo con un pensamiento rectilíneo y sin dobleces las cosas, más bien, parecen ser o haber sido al revés: los libres son o han sido desde siempre los fuertes, los poderosos, los que gozan y disfrutan, aquellos que siempre ríen y ganan, y quienes no tienen ninguna cuenta pendiente con la justicia.

Todo esto lo tenemos tan asumido que no tendría por qué ser o parecer extraño a alguien, ni por qué significar o plantear una dificultad a la comprensión de cualquiera; en fin, que quien se mete con el asunto de la libertad, se mete con algo parecido a un panal de abejas: lo coja por donde lo coja lo más probable es que salga pinchado. 

Pero vamos a lo que vamos, sin importar a estas alturas si salimos pinchados o no.

Que a estas alturas, siendo ya casi el inicio de la tercera década del siglo XXI; que a estas alturas del partido, en plena Inglaterra, que se precia de ser la mismísima cuna de la libertad, con permiso de sus primos del otro lado del mar y que han sido su colonia, llegado este momento, se haga, como se hacen las cosas muy pensadas y muy planificadas, una película, en la que se sigue la secuela de una serie que fuera televisiva y que fuera, también, más que famosa y comentada (lo cual, por lo demás, está muy de moda), a primera vista no parece algo tan raro.

Antes de seguir, una pequeña justificación o, si se prefiere, un breve paréntesis: Hay quien ha llegado a descartar una película solo por ser para niños o, también hay otros que han llegado a descartar películas solo por ser para adultos; más de alguno se atreverá a decir que estoy cayendo en el mismo vicio, por descartar una película solo por ser para lacayos; aunque la verdad de las cosas es que no es lo mismo ser un niño o un adulto que ser un lacayo, porque quien dice lacayo dice criado o sirviente, mientras quien dice niño o adulto dice, simplemente, persona o ser humano; no es lo mismo un oficio cualquiera que el “oficio de vivir” diría alguien por ahí…; cualquiera destinado a vivir tendrá que pasar por la infancia y, con un poco de suerte, también por la adultez, otra forma de decirlo podría afirmar: ser niño o adulto es una cosa inevitable, mientras ser lacayo es algo perfectamente opcional.

Pues bien, desde sus comienzos renacentistas el mundo moderno se ha preocupado mucho por la libertad, se ha entendido que la libertad es el primer bien y el fundamento de todos los restantes bienes de este mundo; que la libertad ha sido como la espina dorsal de nuestra época.

Ante lo cual, que se haga la referida película solo para llevar la contraria a los tiempos que corren desde hace, más o menos, quinientos años; como quien dice, todo se vale con tal de seguir haciendo caja (si ya no en la televisión, sí en el cine), así sea contradecirse y hasta traicionarse.

Para que nos vayamos entendiendo, y para quienes no estén tan informados de la serie y su secuela cinematográfica, la cosa es como sigue: de entrada, sería impropio narrar las seis temporadas de la serie de televisión, pero la cosa va de que lo más natural del mundo son los vaivenes y los devaneos de la aristocracia, más rancia, o sea la noble casa de los Crowley, que todo eso y ellos subsistan y persistan, sin importar los latigazos que sea capaz de lanzar la vida moderna; a partir de ahí se planifica y realiza la película en cuestión, en la que la añeja y vetusta casa de los Crowley se alborota como nunca, ante la inminente e impostergable noticia de la visita del rey de Inglaterra, pero el hecho sorprendente, notable e increíble es que los más alborotados por la visita anunciada son los lacayos o criados, porque arden en el deseo de emplearse, ellos con tal de servir al rey están dispuestos a todo, y todo significa ocultar, esconder, mentir y, hasta casi a envenenar; hágame usted el favor…

…Y es que cuando la libertad es la prenda, cuando la libertad no vale por lo que es, sino vale porque se traduce a algo más, a otra cosa, la libertad se convierte en oro, y si de algo somos capaces es de absorber, de comer, de tragar oro; total, que los padres de la libertad moderna, al final de la trama, con tal de que el oro rompa el saco, nos han hecho el favor de una entrega que disfruta del goce de ser lacayo.

 

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