Jueves 1 DE Octubre DE 2020
El Acordeón

“En la imaginación, a veces, llueve…”

En todo caso, tal vez la imaginación pueda coexistir con el conocimiento científico y, hasta ayudarlo y colaborar con él en momentos puntuales y críticos, como el momento impostergable de formulación de una hipótesis.

Fecha de publicación: 13-09-20
Por: Rogelio Salazar de León

En el fútbol, cuando un delantero se coloca, se frena o se apresura estando lejos de la pelota es porque se imagina el tránsito de la jugada, como si se adelantara a los acontecimientos por el poder de la imaginación.

Como quiera que sucedan las cosas, es como si el curso de los hechos o de los acontecimientos marcara una lógica que la imaginación humana es capaz de reconocer o de seguir, tal cual si se tratase de una pista o un rastro.

Si se piensa, por ejemplo, en un escritor que lucha por explicar o por poner en orden un grupo de ideas que, para él, hasta ese momento son solo una especie de imágenes mentales; a partir de lo cual hace intentos, hace ensayos, hace experimentos, de modo que prueba primero de una forma, luego intenta de otra manera, más tarde trata aplicando una fórmula diferente, para finalmente escoger y detenerse en una de las versiones o, quizá, en una mezcla de todas ellas; pero, en todo caso, ¿sabe él, de dónde procede todo esto…? ¿sabe él, cuál ha sido el orden que lo ha guiado…?

Tal vez, y en el mejor de los casos, solo lo presume o lo sabe, pero muy vagamente; la mayor parte de las procedencias o las guías son como la parte hundida de un iceberg: no son visibles y nunca lo serán, y lo más seguro es que esa sea su única certeza, que su punto de apoyo sea esa incertidumbre.

La imaginación entendida como una modalidad de la consciencia humana, o bien para decirlo de una forma más sencilla, entendida como una forma de pensar, está más presente y es más frecuente de lo que creemos.

Intentemos ir viendo las cosas: es bien sabido que la fantasía renacentista tiene un origen neoplatónico, que parte de una idea (justamente como tiene que ser al ser neoplatonismo), una idea de la imagen entendida como algo en contacto con el alma del mundo, algo como eso debe haber pensado Leonardo cuando dibujaba sobre la perspectiva, o Michelangelo cuando trazaba las formas del cuerpo humano sobre la superficie del cielo de la Capilla Sixtina o cuando encontraba la piel dentro del mármol; esta idea modificada, de alguna forma, llegará al barroco más tarde, luego al romanticismo y de allí a las vanguardias del siglo XX.

Por aparte, y en contraste con la anterior noción de imaginación, se la puede concebir a ella como una herramienta para llegar al conocimiento, lo cual no quiere decir que la imaginación sea una parte o un ingrediente en las vías del conocimiento científico, léase: sus técnicas o sus métodos; en todo caso, tal vez la imaginación pueda coexistir con el conocimiento científico y, hasta ayudarlo y colaborar con él en momentos puntuales y críticos durante la vida del científico, como el momento impostergable de formulación de una hipótesis, por ejemplo.

De modo que, hasta aquí, pueden distinguirse dos tipos de procesos imaginativos: en primer lugar, el del arte, que una vez iniciado llega a la imagen visual, al sonido o a la misma palabra ya sea como metáfora o como trama o como alegoría, y en segundo lugar, aquel otro que una vez iniciado esboza, diseña o anticipa un conocimiento, un descubrimiento o el reconocimiento de algo que no se conocía y, de pronto, se hace presente.

Más allá de todo esto, hay un personaje tan barroco como pocos, que parece hacer un uso de la imaginación en una tercera vía, ni en el arte ni en la ciencia: Ignacio de Loyola escribe una especie de manual al que nombró como Ejercicios espirituales consistente en eso mismo, en una suerte de gimnasia espiritual destinada a un adiestramiento que hace un claro uso de la imaginación, como si esta fuese el medio más eficaz para el entrenamiento del espíritu.

Loyola utiliza la imaginación como el medio para la puesta en escena de un espectáculo; de hecho él no parece usar las palabras, los nombres o las expresiones con mucho rigor, por ejemplo, Loyola dice: “…la contemplación o meditación visible a fin de conseguir algo visible…” como si contemplación y meditación fuesen lo mismo; más adelante sigue diciendo Loyola: “…la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo en donde se halla la cosa que quiero contemplar, o sea, digo, el lugar corpóreo, así sea un templo o un monte en donde se halla Jesucristo o Nuestra Señora, su madre…” ante lo cual surge la tentación de conjeturar y decir que Loyola ha sido o pudo ser un admirador del Caravaggio o de El Greco.

Más adelante, incluso, se le ocurre a Loyola que el imaginativo contemplador, en el curso de su gimnasia espiritual, entre en escena y asuma el papel de actor de su propia imaginación; ya se sabe, Ignacio de Loyola fue un personaje barroco y un soldado español, y como uno más de ellos, hace honor al hecho de que los soldados españoles fueron templados en su guerra contra los hombres del desierto, contra el Dios del Islam, que prohíbe la figuración, acaso por eso los soldados españoles, y Loyola en cuenta, sean tan visuales y figurativos como la propia España; ahí tenemos a Bernal Díaz del Castillo, por ejemplo.

En la Literatura, que está tan llena de imaginación, tal vez el mejor ejemplo sea Dante, que se la pasa durante toda la Divina Comedia proyectando un viaje imposible, como si fuese un Federico Fellini medieval.

Dante, el poeta que escribe, es, a la vez, el personaje que imagina a otro poeta del pasado que lo guía y a otros personajes, y lo que todos ellos juntos miran, escuchan o presumen, o bien, sufren y padecen, o bien, se compadecen y lamentan.

A propósito, Italo Calvino, maravillado, recuerda que en el canto XVII del Purgatorio Dante escribe “…Después, llovía en la alta fantasía…” 

Y Calvino hace bien en maravillarse y en recordarlo, porque, ciertamente, la imaginación es un lugar en donde a veces sale el sol, pero también en donde a veces llueve…