Jueves 1 DE Octubre DE 2020
El Acordeón

Amigos y deporte

La Telenovela

Fecha de publicación: 13-09-20
Por: Ana María Rodas

Dos años de mi vida periodística, aquellos en los que me habían condenado a escribir la página de Sociales en Nuestro Diario, los pasé llegando muy temprano al diario para salir a toda prisa de la tarea y desempeñar algunas otras, mucho más agradables.

Una de ellas era escurrirme hacia los campos deportivos que la Universidad de San Carlos tenía  –y tiene, si no se los han arrebatado del todo– cerca del Obelisco, que dan a una Avenida de las Américas que en aquellos días era apacible, llena de vegetación. Parte del paraíso terrenal que es Guatemala si borramos de esta apreciación a ciertos seres maléficos en los que ni siquiera quiero pensar.

En esos campos había conocido, cuando estaba en la primaria, a Efraín Recinos, el maravilloso pintor que años más tarde se convirtió en uno de mis amigos más queridos. El que recordaba a mi padre en su vertiente de pintor, cuando papá era director de la Escuela de Artes Plásticas. 

En el diario me di cuenta de que tenía muchos intereses en común con los cronistas deportivos. Los de Nuestro Diario y los de otros medios; todos desaparecidos excepto el Diario de Centro América y La Hora, cuyos cien años de existencia acabamos de festejar.

Ya saben que el fútbol jamás ha ocupado una parte importante en mi vida. Pero en el tiempo del que hablo, la Ciudad Olímpica era la maravilla del siglo. Había sido inaugurada en febrero de 1950 por el gobierno del doctor Arévalo y fue la sede de los VI Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en ese mismo mes. 

Todo el mundo hablaba de aquel espacio concebido por el ingeniero Juan de Dios Aguilar. Y todo el mundo se desvivió por acceder a las diversas zonas que posee para ver a los extraordinarios atletas.

Aunque en el tiempo al que me refiero aquellos juegos deportivos ya solo vivían en la memoria, a quienes tuvimos la suerte de presenciarlos nos habían incrementado la afición por deportes que fueran más allá del fut, e hicieron que durante años asistiéramos a sesiones de boxeo, de lucha olímpica, de básquet, de natación, de tenis, de atletismo puro y duro.

Y comencé a ir a esos espectáculos geniales. Los deportistas guatemaltecos se habían preparado para los Sextos Juegos. Se lucían en las canchas, en los recintos del Palacio de los Deportes, en las áreas de natación y polo acuático.

En esos afanes, años después de la inauguración de lo que para mí son la Ciudad Olímpica y el Estadio de la Revolución, hice amistad con los cronistas deportivos de ese momento.

Así, compartí tardes y noches con Guillermo Estrada Quintana, Carlos García Urrea, Tono Ortiz. Evidentemente no éramos partidarios de los mismos equipos o atletas, cada cual tenía su corazoncito. Pero el deporte unía. No separaba como ahora: las personas adquieren el color del uniforme de su conjunto preferido y son capaces de matarse por equipos que ni siquiera son de Guatemala.

En algún momento del partido había que elegir a las juntas directivas de cada especialidad deportiva.

Así, Tono Ortiz y Carlos García Urrea fueron electos presidente y vicepresidente de la Federación de Boxeo y Lucha Olímpica. Y yo, secretaria. 

Por ahí andan unos recortes de periódico con nuestras fotografías. No siento melancolía verlas porque mis amigos renacen en medio de aquellas jornadas de boxeo o las memorables actuaciones de Oswaldo Johnston, quien primero se lucía con las fintas que inventaba para lucirse y terminar luego cualquier encuentro de lucha olímpica llevando tres veces los hombros de su adversario a la lona. No seguidas sino espaciadas, para que el espectáculo durara más.

Años maravillosos, sí. El precio era, como ya dije en algún momento, escribir que la quinceañera era bella e inteligente, que el caballero que cumplía años era eso, un caballero. Y que las damas que acompañaban a la novia eran maravillosas.

Mentir de esa manera, descubrí, era un bajo precio para los boletos de entrada a los sitios ya mencionados. Y al Gimnasio Nacional Teodoro Palacios Flores, que en esos años no llevaba ese nombre, porque en los años cincuenta lo que Teodoro jugaba era el fútbol. Y solo un poco más tarde, cuando yo ya era reportera en el Palacio Nacional, descubrió sus maravillosas dotes de basquetbolista y las lució como Dios manda.