Jueves 1 DE Octubre DE 2020
El Acordeón

“Luca el vendedor” (Fragmentos)

La fortuna atrae, la pobreza aleja, esto lo aprendió Luca desde niño, cuando sufría las privaciones de su círculo familiar, así que decide que su vida será diferente y entiende que no tendrá oportunidad alguna si cede al destino de vendedor ambulante que le tiene deparado el apellido. En contra de toda lógica y prudencia, sale a conquistar el mundo a los 16 años. La más reciente novela de Méndez Vides es un viaje por las alcantarillas de la sociedad contemporánea, por medio de un personaje que resume en sí mismo las transformaciones de la Guatemala de los últimos 50 años. Como un avance de la obra, que ya está disponible en las librerías locales, presentamos algunos fragmentos.

Fecha de publicación: 30-08-20
Por: Méndez Vides

De la primera parte

En los viajes familiares, mi papá se comportaba distinto, como aquel enero cuando hicimos juntos la romería a la basílica del Cristo Negro, incluyendo el paso por la piedra de los Dos Compadres y el baño en un río enlodado que quedaba en las afueras del pueblo. Fue en esa oportunidad cuando más feliz lo noté porque se transformó y se puso nostálgico al pasar por el cruce que conduce a Las Palmas, donde quedaban las fincas familiares y el almacén La Estrella, donde conoció a mi mamá, pero contuvo el deseo, evitó la ansiedad y continuamos por el rumbo de la carretera principal.

—¿Quieren conocer la tienda que fue de la familia?— preguntó, pero siguió avanzando, sin pausa ni propósito de cruzar.

Una madrugada tomamos el tren que conduce a Puerto Barrios, en el Atlántico, para ir a encontrarnos con papá a media ruta, en La Fragua, donde nos estaría esperando. Íbamos en segunda o tercera clase, supongo, porque los vagones eran miserables, de madera que crujía. Tuvimos que estar a tiempo en la estación, como a las cinco de la mañana, por lo que desde las tres esperábamos el taxi, contentos con nuestros bultos y cubiertos con suéteres gruesos porque hacía frío y el viento soplaba fuerte. Cuando pitó la locomotora, amaneció, y la mole de hierro se empezó a desplazar lentamente sobre rieles infinitos que fueron dejando atrás los cipreses y pinos, y que a media mañana ingresó al valle desértico del Motagua, por donde queda La Pedrera, para llegar como a la 1 de la tarde a Zacapa. A mí me dio hasta calentura de la emoción.

Mi mayor disfrute fue irme encaramado en el techo del tren, al borde del peligro, sintiendo el aire entre el pelo, acechando a las vendedoras de comida en las paradas cuando se aproximaban con los canastos en la cabeza, para huevearme una tortilla con pollo o una quesadilla sin que ellas lo notaran. 

Mi papá nos recibió en la estación de la Zafra, a los pies de la Sierra de las Minas, entusiasmado y con ilusión. Juntos cruzamos una y otra vez el puente metálico sobre el río ancho, en la camionetilla comercial de los Foscarole, y nos llevó a sentarnos un rato a la plaza central, bajo el sol ardiente, a comer un helado, antes de ir a los baños de las cataratas, que era su lugar predilecto.

A la madrugada siguiente partimos hacia Chiquimula en un trayecto que nos pareció larguísimo porque mi papá tuvo que seguir atendiendo los pedidos en ruta, visitando farmacias, escondiéndonos porque estaba transgrediendo la norma y nadie debía saber de nosotros o lo hubieran despedido.

Llegamos a dormir a la casa del chino Lee en Chiquimula, un agudo empresario que tenía gran afecto por mi papá; se conocieron y trataron antes del accidente que el chino sufrió nadando en el río, cuando se quebró la columna. Era dueño de una tiendota inmensa frente al parque, además de varias farmacias en el departamento, y un cine. La casa se ubicaba en una colonia exclusiva de orientales, parecía un cajón oscuro y alargado aunque, como llegamos de noche y partimos a oscuras, todavía de madrugada, no sabría decir si tenía ventanas, pero parecía una fortaleza o ratonera con una sola entrada y salida. El mobiliario era rojo, como las puertas y cortinas, y lo que más interés nos produjo fue la inmensa pecera iluminada en la sala, llena de especies raras con vuelos y colas, algas y rocas de la Sierra de las Minas en el fondo.

Al llegar, el chino Lee fue saludándonos uno a uno desde su silla de ruedas, porque hicimos fila como ante un obispo, para que nos mirara a los ojos y nos escrutara de cerca.

Yo me sentí celoso por cómo miró a Dolores.

Ralo de pelo, seguramente mestizo, aferrado a la cultura tribal, de joven había sido apostador y juerguero; su esposa cantonesa era muy joven y guapísima, y a duras penas hablaba algunas palabras en español, pero siempre estaba a su lado para servirlo.

Nos dieron un cuarto con una sola cama imperial donde cabía cómodamente una persona, mi papá, y en la alfombra nos acomodamos los demás. Dejamos las cosas en una banca de cemento y fuimos a lavarnos las manos para pasar al banquete, porque nos tenía preparada una cena cantonesa combinada con yuca hervida de la región y salsa picante. Mi mamá no quiso probar la carne porque temía que fuera de gato. Comimos mientras la esposa del anfitrión se dedicó a revisar que no hiciera falta nada, a destaparnos las bebidas gaseosas o cervezas. Todavía recuerdo su perfume natural y el rictus de quien oculta un dolor de cabeza que la estaba atormentando.

A las cuatro en punto de la mañana partimos sin decir adiós, a bordo de la camionetilla de los Laboratorios Colonial con el nombre resaltado en el exterior. Papá continuó atendiendo los negocios, mientras nosotros nos sentíamos cada vez más cerca de la meta, porque ya faltaba poco, nos estábamos aproximando al Santuario, y fue verdaderamente maravilloso divisar los dos campanarios desde la cumbre del cerro. Se disipó toda la molestia del cuerpo y nos aumentaron los niveles de adrenalina.

—¡Más velocidad! ¡Más velocidad!—

A mayor cercanía, más emoción. El graderío estaba repleto de peregrinos que avanzaban de rodillas hacia el atrio e interior del templo de los benedictinos. Las manchas de sangre se hacían visibles en las rodillas desnudas y en la piedra. Ingresamos al templo moviéndonos dentro de la nube de incienso, y de repente apareció el Cristo Negro crucificado en su urna de vidrio y plata. Los peregrinos entraban caminando de frente y retrocedían para salir, sin dar nunca la espalda a la imagen, nunca, y yo le preguntaba a Cristo en mis adentros:

—¿Qué tal negrito? ¿Cómo estás?—

Nosotros no éramos devotos, en todo caso nos adaptábamos a las normas sociales porque no recuerdo haber ido con mi papá o mamá a misa de los domingos, sino con la abuela Lola. Nosotros nunca fuimos practicantes fanáticos, pero sí creíamos.

La multitud se turnaba de manera natural en el espacio sin bancas; llegaban a pedir milagros y se marchaban tristes, sin respuesta, con los sombreros adornados con pequeñas jícaras colgantes y gusanos de colores que nosotros no podíamos comprar por inconvenientes, porque nos podrían delatar. Pero nos tomamos una foto frente al templo, rectos y sonriendo, y nos atiborramos de dulces.

Esa noche pernoctamos en una pensión azul ubicada en la calle principal, con balcón, en un cuarto muy pequeño e incómodo, como los que hay frente al mar en el Puerto San José, con derecho a baño colectivo en el primer piso, donde como norma se tenía que llevar el propio rollo de papel y echar agua de la pila con una cubeta a la taza del inodoro revisando que las heces desaparecieran. Dormimos con desconfianza, agarrados a nuestras cosas, porque nos habían metido miedo y temíamos que de noche entraran los cacos y nos limpiaran.

En la tarde fuimos un rato al río, pero el agua estaba helada y solo Dolores se atrevió a meterse. Mi papá le ordenó que se vistiera rápido y nos marchamos volando porque ya la estaban mirando como mujer los cristianos bautizados. Regresamos al atrio a contemplar el paso de los suplicantes, a los portadores de serpientes enredadas en los brazos y cuello que leen el destino, paseamos entre las ventas, presenciamos los actos de magia y comimos chucherías. Mientras, mi papá continuó atendiendo las farmacias del pueblo porque él nunca paraba de trabajar para los Foscarole.

—Este paseo se lo debemos a don Ignacio— nos concientizó antes de emprender el retorno.

Las medicinas fueron escaseando durante el trayecto, recorriendo los caseríos a lo largo de la orilla de la vía férrea, dejando cada vez más espacio en el carro para ir cómodos, hasta que pudimos acostarnos y dormir sobre cartones doblados. Yo me fijé que no actuaba igual con nosotros, era hipócrita, porque no chuleaba a las empleadas que atendían los mostradores, e igual ellas, que al advertir la presencia invasora de mi mamá, se transformaban en menos amigables, como si el ratón les hubiera comido la lengua.

De la segunda parte

Un día de cielo particularmente azul y despejado, partimos con el equipo completo a cuestas en un portaviones que por años fue considerado el más grande del mundo, pero que ya no lo era, aunque seguía siendo inmenso, la primera nave de guerra que por su tamaño estuvo imposibilitada al tránsito por el Canal de Panamá. Hoy es un museo que no pienso visitar. Nos embarcamos sin saber cuál sería nuestro destino y sin tener idea alguna de lo que estábamos por enfrentar. Las decisiones no se compartían, solo se nos ordenaba actuar. El movimiento fue simplemente recibido por nuestra parte, como anuncio de traslado a la siguiente fase en nuestra formación.

En el portaviones, los días transcurrieron aburridos, con rutinas y pausas para el descanso en salas de cine, hasta cuando entrando al mar del sur de China sonó la alarma por la aproximación de un tifón. Clausuramos todo, despejamos la cubierta y se cerraron herméticamente las escotillas. Por esa forma mía de ser tan bestia, quise vivir en directo la experiencia y, cuando nadie se dio cuenta, me escabullí por una escotilla a la cubierta hasta el piso 14, donde están los postes de hierro, a uno de los cuales me amarré con una manguera para apagar incendios, bien enrollado desde los pies hasta el pecho, firmemente para no soltarme, conociendo el peligro y el riesgo al que me exponía por desobediencia, pero quería vivir en carne propia el paso del tifón.

Sobre el mar inquieto avanzaba el convoy, firme el portaviones conmigo en la cresta como banderín, y encabezando la avanzada como un crucero de cobertura antiaérea con los cañones a la vista, dispuesto para el ataque. Nos rodeaba una flotilla de tres destructores de escolta rápida y maniobrable para actuar contra submarinos y detectar torpedos. El tifón venía a nuestro encuentro o nosotros íbamos directo a enfrentarlo porque no se lo recibe de lado sino de trompa.

Fui testigo de ese momento inolvidable, revuelto y asustado cuando ya no era posible cambiar de opinión. Traté, me solté y anduve buscando por donde entrar pero todo estaba bloqueado. Me arrepentí cobarde cuando las puertas y escotillas de la nave ya habían sido selladas por seguridad de la tripulación, pero no me quedó otra que regresar encaramándose con uñas de gato por la superficie metálica empapada, bajo los chaparrones, en busca de mi sitio en la cresta, para amarrarme a toda prisa instantes antes del diluvio. Me sentí cagado.

Entonces empezó la lluvia intensa y el bamboleo. El agua era tan densa que todo lo oscureció y por momentos no me fue posible mirar ni mis pies, aunque durante las pausas de luz pude contemplar a los destructores sellados que aparecían y desaparecían en las profundidades del mar, sumergiéndose como delfines y regresando al instante a la superficie para volver a desaparecer.

El portaviones se orientó contra la cabeza del tifón, que debe de haber llevado una velocidad de 60 millas por hora, a lo que se sumó el efecto contrario por nuestro propio movimiento, pues avanzábamos a todo motor. La nave era tan ancha que ni se sentía el bamboleo lateral, sino hacia delante porque empezaba a subir y subir, y luego caía con la salpicadera de agua que no llegaba hasta el piso 14. Llovía como nunca tuve idea que pudiera suceder y avanzábamos rompiendo y cortando hasta que el mar se calmó.

El paso del tifón duró seis horas y en cuanto sonó la alarma de libertad, me desamarré y entré rápido por una de las escotillas y fui directo a esconderme en un baño, porque lo mío fue un acto de desobediencia que de haberse sabido, me hubiera acarreado corte marcial.

La temporada de tifones destruyó en esos días Vietnam del Sur, se reportaron más de mil ahogados y un millón de habitantes perdieron sus viviendas durante las inundaciones posteriores en noviembre. La ayuda humanitaria trató de llegar por aire, pero los rebeldes lo impedían.

Por fin entramos a aguas calmadas en el golfo de Tonkín, ese estuario marino lleno de isletas frente al continente. Recuerdo haber contemplado desde la cubierta del portaviones las montañas al fondo; a unos 300 kilómetros hacia la izquierda quedaba Saigón, en la dirección de Camboya, y hacia la derecha Hanói, que daba con la República Popular de China y, a mis espaldas, se dibujaba la silueta de las islas.

De la cuarta parte

Las antigüedades e imágenes religiosas no me gustan, son como cosa del diablo si alguien se ha arrodillado ante ellas para venerarlas, y mi mamá las miraba como obras de arte, o mejor aún, como negocio; sin embargo, esa es la truculencia que encarna el enemigo para engañar al hombre.

Me volví cristiano, fundé la iglesia Yatta, y es más, fui el primer feligrés. El pastor Marlon Harold Pérez es pentecostal, con quien después me di cachimba porque creía que únicamente a través de él podría yo llegar al Señor, y eso ya es harina de otro costal. Construí la iglesia detrás del estadio Mateo Flores, en la 12 avenida, antes de llegar a la Limonada.

Total, hice la iglesia, construí la pared altísima y el arco de entrada y mi mamá me regaló una puerta antigua inmensa, de dos bandas, de más de cuatro metros de alto, para que la pusiera en ese boquete, lo que encargué a mi maestro de obras Primo Gálvez, quien estuvo por más de 25 años trabajando a mi lado. Él me sorprendió con la novedad milagrosa de que eran del tamaño exacto y que hasta el marco viejo quedaba a la medida, como si ese fuera su destino. Gálvez había dejado de beber y también se convirtió, pero no era radical, y en el fondo continuaba aferrado a las costumbres católicas, porque le rezaba a escondidas a San Judas Tadeo y tenía respeto por las imágenes de bulto.

—Primo, vamos a poner las puertas— comandé.

Las descargamos del camión, y cuando estábamos a punto de atornillarlas se apareció el pastor Marlon, quien exclamó moviendo los brazos como reguilete:

—¡No, Luca! ¡Jamás, de ninguna manera! ¡Eso sí que no!—

Las puertas eran lindas, una joya de carpintería colonial, conservadas en perfecto estado, pero sin pensar que podía ofender mis intenciones ordenó poner las dos bandas sobre unos toneles y las bañó con gasolina, y ante mis ojos de testigo les prendió fuego. Pero las puertas no ardían y la experiencia se fue tornando diabólica.

—Enciendan estas maderas tal y como debe hacerse con toda pieza ante la cual se haya postrado el hombre, o venerado, porque el Señor prohíbe la idolatría.

Y las puertas formaron una gran llama que crecía, pero no pasaba la quemadura de la superficie, y se apagó quedando en el mismo estado, apenas chamuscadas. El pastor volvió a aplicar gasolina, y fuego, pero nada. Desesperado fue por el hacha, las destruyó él mismo, las hizo pedazos y estando ya divididas, con ayuda de ocote, se incendiaron. Presenciar la quema me causó pánico. Las puertas se resistían a morir y se sintió en el ambiente algo sobrenatural.

Cuando agarraron fuego no terminaban de arder, y duró horas la espera, todos asustados observando, y el maestro de obras me renunció. A mi mamá lo que la enfureció fue el desperdicio, la pérdida económica, porque dejó de venderlas en mucho para que pudieran ser las puertas de mi iglesia.

—Ese Marlon es un farsante—, dijo molesta.

Desde entonces no quiero ver imágenes ni nada antiguo cerca de mí, prefiero no revolver lo sagrado. Allá la suerte de quienes se hinquen ante lo que quieran, pero yo no.

Por eso no me interesó quedarme con la casa de mis padres, estaba llena de imágenes, y cuando quise hacerlo por pura nostalgia ya no se pudo. Acabo de vivir una experiencia muy extraña. En esa casa se quedó el carpintero de mi mamá, que ya debe de haber muerto porque no se le volvió a mirar por ninguna parte, y en la actualidad tendría más de cien años, pero como continúa pagando las cuentas de luz y agua, no se le extraña. Quien en realidad la habita es Guayito, su hijo, que enfermó de tanto oler pegamento. Basta entrar a la casa para sentir el fuerte olor impregnado. Cuando me ponía melancólico pasaba en carro enfrente de la casa, aunque nunca había tratado de ingresar, solo revisaba si había luces encendidas o el grafiti en el muro de la calle con el insulto torcido de “Huecos”, que borraban un día y reaparecían al siguiente. Hasta que me animé y toqué la puerta. Me abrió la mujer de Guayito, quien aún se acordaba de mí. Ella me permitió entrar porque esa había sido mi casa, pero me impidió ingresar a la que fue mi habitación y la de Marcos, porque allí estaba dormido su marido.

Ayer repetí la experiencia, y fue desagradable contemplar el estado de la casa, al punto que juré no regresar jamás. El interior está forrado de imágenes de Cristo, de santos antiguos, y de ángeles y arcángeles. La mujer, agradada por el efectivo que puse en sus manos me dejó pasear libre por el interior y fue corriendo urgida a la tienda, mientras yo continué a solas mi exploración. Ingresé al cuarto de mi papá, donde estaba Guayito en acción, drogándose, como un chucho encadenado en un ambiente espiritual, como alguien que no puede reaccionar ni puede hablar, aferrado al pegamento, algo feo porque no estaba solo sino con tres vagos de los que uno encuentra limosneando en las esquinas o semáforos, y al reconocerme se puso a gritar como endemoniado:

—¡No toqués mi goma!—

No volveré a pisar la casa de mis papás. Pero antes de retirarme, miré detenidamente el cuarto, la cama y el clóset idéntico…

 

*Ilustraciones José Luis Cuevas (archivo elPeriódico)

 

*Luca el vendedor. Méndez Vides. Editorial Alfaguara, 2020.

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