Jueves 1 DE Octubre DE 2020
El Acordeón

Dinosaurios y bibliotecas

Lector infatigable desde pequeño, Ray Bradbury, que nació un 22 de agosto de 1920 en Waukegan (Illinois), acudía cada lunes por la noche junto con su hermano a la biblioteca de la ciudad. Ahí surge todo el universo del creador de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, que revolucionó la ciencia ficción dotándola de esa visión poética y metafísica de la vida que absorbió en sus lecturas. A un siglo de su nacimiento, lo recordamos con esta declaración de amor por los libros.

Fecha de publicación: 30-08-20
Por: Ray Bradbury

Debes tener curiosidad en saber cómo fue que me enamoré de los libros. Recuerda esto: el amor es el centro de tu vida. Las cosas que haces deben ser cosas que amas. Y las cosas que amas deben ser las cosas que haces. Eso lo aprendes de los libros. Aprendí a leer cuando tenía tres años, me encantaban las tiras cómicas, los dibujos animados los domingos; tuve un libro de cuentos cuando tenía cinco años y me enamoró leer todas esas historias maravillosas como La bella y la bestia, Juanito y los frijoles mágicos. Y así empecé con la imaginación. Cuando tenía tres años vi mi primera película y me enamoré de las imágenes en movimiento: El jorobado de Notre Dame; anhelaba crecer para ser un jorobado. A los cinco vi El fantasma de la ópera con Lon Chaney, quedé embobado. Vi una película de dinosaurios y los dinosaurios llenaron mi vida. Y entonces, a la edad de seis años comencé a leer sobre los dinosaurios.

Si llegué a trabajar en Moby Dick (Bradbury escribió el guión de la película cuando se filmó en 1953) fue porque me había enamorado de los dinosaurios cuando tenía seis años. Puedes ver cómo funcionan las cosas, cómo algo que comienza cuando tienes tres o seis o diez o doce años, llega a convertirse en tus ficciones cuando tienes 30. Las cosas que haces deben ser cosas que amas, y las cosas que amas deben ser las que haces.

Cuando tenía seis años viajé con mi familia desde Illinois a Tucson, Arizona. Cada vez que parábamos en un hotel de ruta a descansar, yo corría a la biblioteca. Esperaba encontrar El maravilloso mago de Oz de Frank Baum, y Tarzán de Edgar Rice Burroughs, o cualquier libro que hablara de magia. Abría la puerta de la biblioteca, miraba alrededor, y toda esa gente estaba ahí esperándome. Las librerías son personas, no libros. Cada vez que abres un libro, la persona salta afuera y se convierte en ti. Miras a Charles Dickens y tú eres Charles Dickens, y él eres tú. Así que vas a la biblioteca y sacas un libro del estante y lo abres, ¿y qué estás buscando? Un espejo. De improviso hay un espejo ahí y puedes verte a ti mismo, pero tu nombre es ahora Charles Dickens. Eso es una biblioteca. 

“Las uvas de la ira”

Mi mayor influencia es John Steinbeck. Leí Las uvas de la ira cuando tenía 19 años. Cuando escribí Crónicas marcianas necesitaba una estructura. No me di cuenta que había recurrido a Las uvas de la ira; Crónicas marcianas es completamente la estructura de Las uvas de la ira. De noche, solo, cuando tenía 12 y miraba al planeta Marte yo pedía “llévenme a casa”. Y el planeta Marte me llevó a casa y nunca regresé. Lo importante es que cuando salí de la escuela no teníamos dinero. Yo no podía ir a la universidad y lo mejor que ocurrió fue que fui a la biblioteca. La biblioteca educa. Los profesores inspiran, pero la biblioteca te satisface. 

Tuve un trabajo vendiendo periódicos en una esquina y hacía diez dólares a la semana, y cada mañana me levantaba y escribía historias, y en las tardes me iba a la biblioteca. A los 19 pude expresarme acerca de mis pasiones en la vida y las puse en mis libros. Y ese es el secreto de mi vida. Gracias a Dios seguí mi camino y no el camino que la gente me dijo. Son tus ideas las que cuentan, y una biblioteca te puede ayudar con tus ideas, porque están todos esos grandes maestros, esos escritores te están enseñando cuando te sientas en medio de la biblioteca y los dejas irradiarte. 

Tenía aquel libro de cuentos, La bella y la bestia. Y mi tía me introdujo a Alicia en el país de las maravillas y a Un cuento de Navidad de Charles Dickens. Y todas estas cosas me afectaron, me hicieron vibrar, y enamorarme constantemente de los libros. En una buena biblioteca cuando abres un libro huele a polvo. El polvo del tiempo. Polvo egipcio. El polvo de todos los lugares del mundo que sopló el viento. Cuando tomas un libro puedes aspirar y oler el antiguo Egipto y todos los amores y la vida, toda la gente que vivió allí, todas las mujeres hermosas, y los valientes guerreros, todos están ahí. Y el libro tiene el aroma de esa gente, y de esas tierras maravillosas.

Deberíamos aprender de la historia respecto a la destrucción de los libros. Cuando yo tenía 17 años, Hitler quemó libros en las calles de Berlín. Y eso me aterrorizó, porque yo era una persona de biblioteca y él estaba metiéndose con mi vida: todas esas grandes obras, toda esa gran poesía, todos esos maravillosos ensayos, todos esos grandes filósofos. Se volvió algo personal. Entonces descubrí que en Rusia se quemaban libros fuera de escena. Lo hacían de tal forma que la gente no se enteraba. Mataban a los autores tras bambalinas. Quemaban a los autores en vez de quemar libros. Así aprendí cuán peligroso era todo aquello, porque sin libros y la habilidad de leer no podrías ser parte de civilización alguna. No podrías ser parte de una democracia. Líderes de muchos países temen a los libros porque los libros enseñan cosas que ellos no desean que sean enseñadas. Y bueno, si tú sabes cómo leer, tienes una educación completa sobre la vida. Sabes cómo votar en una democracia. Pero si no sabes cómo leer, no sabes cómo decidir.

“El bombero”

Publiqué la primera versión de Farenheit, El bombero, en una revista de ciencia ficción, Galaxy, en febrero de 1951. Y vino Ballantine (la editorial) y leyeron mi novela corta de 25 mil palabras y me preguntaron: “¿Puedes alargarla?, ¿puedes escribir otras 25 mil palabras?, publicaremos la novela completa y tienes que encontrarle un título porque no es El bombero. Me quedé pensando en cuál era la temperatura en la que los libros se queman. Llamé al Departamento de Química de la Universidad de California y no sabían, llamé a otra universidad y tampoco. Me dije: “Bobo, llama al Departamento de Bomberos”. Y llamé al jefe de bomberos, “¿podría decirme a qué temperatura los libros arden y se queman?” Dijo, “espere, ya vuelvo”. Volvió y me dijo “el papel de los libros arde y se quema a los 451 grados Farenheit”. “Eso es bueno”, le dije. Entonces le di vuelta, tenía que ser Farenheit 451.

Me trasladé a Los Ángeles con mi familia, tenía dos hijas. Necesitaba una oficina porque mis hijas eran muy ruidosas y maravillosas, y encantadoras. Pero no tenía dinero para una oficina. Estaba merodeando por la biblioteca de la Universidad de California y oí tipear en el subterráneo. Bajé y había una habitación con 12 máquinas de escribir. Pude rentar una máquina por diez centavos la media hora. Así es que dije, “por Dios, esta es mi oficina”. No me importaba estar rodeado de estudiantes. Tenía una bolsa de monedas. Gastaba nueve o diez dólares y escribí Farenheit. Lo excitante de todo eso era subir y bajar escaleras, tomando libros y llevándolos abajo donde estaba mi máquina de escribir, abrirlos y encontrar una cita que podía poner en el libro. Así que puedes ver el lugar en que Farenheit 451 fue escrita. En una biblioteca.

El libro fue muy bien recibido; la mayor parte de mis libros ni siquiera fueron reseñados. O les dieron un obituario de una pulgada apenas. Pero Farenheit salió y autores reconocidos de todo Estados Unidos me escribieron y reaccionaron ante la novela. Finalmente, había sido aceptado en la comunidad intelectual. Bueno, Isherwood me ayudó primero. Cuando yo tenía 30 años me llamó por teléfono. Le había dado una copia de las Crónicas marcianas y me llamó. “Por Dios, señor Bradbury, ¿tiene idea de lo que ha escrito?” Le pregunté, “¿qué?” Dijo, “ha escrito un libro extraordinario. Voy a reseñarlo en la revista Tomorrow”. Él cambió mi vida. Fue la primera gran reseña. Y me llamó y dijo “Aldous Huxley quiere conocerlo”. Aldous Huxley era el autor de Un mundo feliz, mi héroe. “Me encantaría conocer a Aldous Huxley”, le dije. Así que un día fui a tomar el té con él, y el señor Huxley se echó hacia adelante y me dijo, “señor Bradbury, ¿sabe lo que usted es?, ¡usted es un poeta, es un poeta!” Mis editores me dijeron que era un novelista. Y él me dijo que era un poeta. Yo no sabía que era un poeta, porque estaba enamorado de Shakespeare, Emily Dickinson y todos los grandes poetas.

Amor en la librería

Los libros son inteligentes, brillantes y sabios. El libro más importante de mi vida es Un cuento de Navidad de Charles Dickens, porque es todo sobre la vida y sobre la muerte. Es una combinación. Lees ese libro y sales cambiado, junto con Ebenezer Scrooge. Lo que haya de Scrooge en ti es derrotado, desaparece, así es un gran libro. A los 30 años escribí El árbol de las brujas, de alguna manera mi versión de Un cuento de Navidad.

Aquí tengo un libro de Scott Fitzgerald, Suave es la noche; tengo siete copias. He estado en París 20 veces. Cada vez que voy llevo este libro y comienzo en la torre Eiffel y camino por París desde que amanece hasta el anochecer. Paro en restaurantes y leo otro capítulo, y al terminar el día ya lo he leído entero. Leer debe ser una experiencia total. Puedes leer mientras caminas y te sientas en los restaurantes y lees el siguiente capítulo, y te enamoras más.

Yo encontré a mi amor en una librería, no en una biblioteca, pero una librería es también una biblioteca. Encontré a una bella chica que esperó por mí, y la invité a un café y a comer y me enamoré de ella y de los libros que la rodeaban. Y ella tomó votos de pobreza un año después y se casó conmigo, porque mis ingresos eran nada. Era una chica rica, y dejó todo su dinero para volverse pobre como yo y vivir en Venice (California) sin teléfono ni auto. Pero vivimos con amor y libros, y escritura. Es la respuesta a la vida.